Pasaba por aquí 

Hace tanto que no paso por aquí que hasta se me hace extraño, no sé si alguien leerá esto o si realmente lo escribo más para mí. Para cerrar una etapa que empecé en un momento de mi vida en el que lo necesitaba, pero que ya no. Y nunca me ha gustado dejar las cosas a medias y sin terminar, por eso tenía que hacerlo. 
Me encuentro aquí, en mi cama, justo en medio de mis dos hombrecillos. Hoy no está nuestro papi para acompañarnos porque trabaja de noche, así que la cama es toda nuestra. O más bien, toda suya porque aunque ni los dos juntos llegan a ocupar lo mismo que yo terminan apoderándose de todo el espacio y dejándome arrinconada y en posturas imposibles. Pero sólo con dormir escuchando su respiración ya me compensa, pocas cosas más reconfortantes encuentro hoy por hoy. 
Nuestro segundo hijo, Pequeño J, cumplirá 4 meses dentro de 4 días. Vino al mundo en la semana 40+4 de forma espontánea, rápida y salvaje. Tengo la sensación de que el parto me dominó a mí y no al contrario, y me recuerdo más animal que nunca. Pude sentir y sufrir cada paso hasta que mi cuerpo estuvo preparado para que saliera, y conocí aquella famosa sensación que llaman “arco de fuego”. Después de experimentarla, no veo otra denominación más acorde. No hubo desgarros ni episiotomía, mi gran bebé llegó a este mundo sin causar grandes estragos en mí. Y eso que dicen que los niños grandes deben nacer por cesárea… sus 4,040kg y 52cm demuestran que no siempre es necesario. 
Una lactancia exitosa pero muy dura, que comenzó con unas grietas horribles (junto con el dolor del parto, de las peores cosas que he sufrido nunca) y una subida de la leche que no llegó hasta el quinto día. Cinco días infernales en los que apenas pasaban 15 minutos entre tomas, aguantando con el poco calostro que había a un niño que por su peso al nacer corría el riesgo de sufrir hipoglucemia. Pero muy gratificante al ver que aún así los niveles se mantuvieron normales y no fue necesario introducir “la ayuda”. Hoy día seguimos con lactancia materna exclusiva y, aunque en muchas ocasiones me apetece abandonar y liberarme un poco, me siento muy plena al ver lo sanote y grande que está alimentándose exclusivamente de mí. 
No podría tener un mejor hermano mayor, Pequeño J ha sido muy afortunado al dar con nuestro Peloncete. Mi niño me ha demostrado su nobleza y lo cariñoso que puede llegar a ser, teniendo solo ojos para su hermano pequeño y estando siempre ahí para besarle o acariciarle. Ya me lo imagino dentro de unos años en su papel de hermano mayor, cuidándolo y protegiéndolo; dándole los mejores consejos y arropándolo. Ahora sé que hemos hecho lo mejor, que aunque sea duro siempre se tendrán el uno al otro. Y yo me encargaré de que así sea.
Como madre, he llorado bastante y me he sentido muy culpable al ver que no podía atender a mi hijo por estar dándole el pecho al pequeño. Que el mayor quería que yo lo acostara, lo bañara o le diera la comida y no podía ser. Que no podía acompañarlo al parque porque hacía demasiado frío para sacar al hermano, o que no podía ir a ponerle la vacuna por no exponer al pequeño a los virus que rondan por allí. Ha sido lo peor y lo más duro, pero se acostumbran y tú también, y se supera. 
Vivimos cada día momentos de locura, de necesitar respirar hondo y contar hasta 10. Pero también vivimos momentos de verdadero amor, de abrazos eternos y besos por todos nuestros rincones. De risas nuevas que inundan nuestra casa. De esa voz que nos llama “mamá” y “papá” y nos derrite, o de la otra voz aún más pequeña que empieza a soltar carcajadas y contagia a toda la familia. 
Es tan bonito, y tan duro a la vez. Cuando me siento superada me digo a mi misma que esto va a pasar, y que en algún momento lo echaré de menos. Sé que así será. Por eso estoy intentando saborearlo, exprimirlo, disfrutarlo y vivirlo intensamente. Porque es lo mejor que nos va a pasar nunca, de eso no me cabe duda.
Y por esa misma razón ya no puedo pasar por aquí, porque el poco tiempo que me dejan a veces lo empleo en leer o escuchar alguna canción. Y digo a veces, porque la mayoría suelo dedicarlo a dormir que es lo que más necesito. No sabía que se podía acabar tan rendida cada día sin hacer nada, más que cuidar a los niños y sobrevivir. 
Quizá retome o quizá cierre aquí para siempre, haré lo que me pida el cuerpo. Este rincón lo guardo como algo muy mío y con un cariño inmenso, pues aquí hay vivencias de una etapa de mi vida única que posiblemente olvidaría si no estuvieran escritas. Hoy me apetecía pasarme y dar señales, pero no puedo prometer una vuelta. Dejaremos la puerta abierta por lo que pueda pasar… 

Mientras me dedicaré a vivir, que es lo único que creo merece la pena. A saborear la vida, que a veces es preciosa. Y con mis tres acompañantes incondicionales, mejor imposible. 

Besos y hasta siempre. 

Últimas semanas

¡Muy  buenas a todos! Sí, lo sé, estoy completamente desaparecida por aquí y creedme que es algo que me pesa (y mucho). Cada día pienso “hoy voy a escribir post” pero la realidad es que es totalmente imposible, los días pasan volando y no me dan para hacer todo lo que me gustaría. Y cuando llega la noche… estoy tan rendida que sólo puedo descansar.

Hoy mi embarazo llega a término, ¡por fin las 37 semanas! Hubo un tiempo en el que estaba asustada y tenía constantemente la idea en la cabeza de que el bebé iba a nacer prematuro (estos miedos absurdos que nos rondan y sólo sirven para crearnos malestar). Pero ya puedo respirar tranquila, pues hoy por hoy si Pequeño J decide nacer se supone que no corre peligro.

Hace dos días tuve mi última visita a mi matrona, que me alentó bastante la ilusión de que el nuevo miembro nazca antes de tiempo. Me comentó que es un bebé grande (cosa que ya hemos escuchado durante todo el embarazo de los distintos profesionales), y que siendo el segundo parto lo normal es que nazca antes de las 40 semanas. Según ella, el ajetreo de estas fechas también influye y colabora en que todo se adelante… yo la verdad es que no sé qué pensar. No quiero hacerme a la idea porque si no ocurre sé que las últimas semanas se me harán eternas, y ya estoy bastante cansada del embarazo en sí y con ganas de acabar esta etapa como para desesperarme más. Necesito tener aún “fuerza mental” para aguantar el último tramo con la mayor energía posible.

Mi realidad es que estoy agotada, me duele todo y me molesta todo. Me cuesta vestirme, y desvestirme más. La espalda está destrozada, me duele estando sentada, de pie y acostada. La circulación de las piernas va regular, y se me adormecen y me duelen si camino un rato. El niño se clava por todas partes, se mueve muchísimo (lo cual me gusta porque sé que está bien, pero es muy molesto) y siento presión en la zona baja continuamente. Algunas veces creo tener contracciones (sí, soy bastante despistada y aún no sé diferenciar una contracción de las flojas), especialmente por las noches al acostarme; pero nada que sea continuo ni me haga pensar que se acerca el momento.

Mi maleta para el hospital ya está preparada, si tengo la ocasión escribiré el típico post para que sepáis lo que me voy a llevar por si queréis orientación (nunca está de más). Aún me quedan por lavar y planchar algunas cosillas relacionadas con el carro y la minucuna (aunque practiquemos colecho, durante el día pretendo que duerma ahí). Eso me tiene un poco estresada porque no veo el momento de terminar y decir “ya está todo”, parece que cada día me sale algo nuevo y no consigo acabar nunca. Nos queda por comprar una bañera, pues la que teníamos se rompió (no salió muy buena, aun siendo de la marca Micuna). Y estoy esperando a que me llegue el fular elástico que he comprado para portear desde el nacimiento (me encanta!). Todo lo demás está preparado, y nosotros… pues conforme pasan los días me siento más nerviosa y menos preparada para lo que viene.

Ahora me está entrando un poco el miedo, porque ya lo veo tan cerca que es difícil no asustarse. Miedo por el parto, si será más duro que el anterior o si marchará como me gustaría. Miedo porque nazca completamente sano, que es lo que más me aterra. Miedo por dejar a Pelón esos días sin mí, que me extrañe y note que algo ocurre. Miedo por la vuelta a casa, por la aceptación de las perras al nuevo bebé, por la aceptación de su hermano, por la desestabilización. Miedo por no saber si seré capaz de llevarlo todo. En fin, miedo en general del nuevo paso que tenemos que dar todos y saber afrontarlo.

Sigo con anemia y ya me han dicho que la arrastraré hasta bastante después del parto, también me advirtió la matrona de que la recuperación va a ser dura por tener a dos tan seguidos (vivan los ánimos!). La prueba del estreptococo dio negativa, así que en principio no será necesario que me pongan antibiótico. Mi próxima (y espero que última) ecografía es el día 23 de diciembre, y allí mismo me darán la cita para los monitores. Ahora lo veo todo muy lejano, pero la realidad es que ya casi está aquí.

Así que esa son las novedades, y me despido hoy de vosotros sin saber cuándo volveré. Tengo varios posts pendientes, espero poder ir publicando pero soy realista y sé que es difícil (y ya si el bebé nace peor aún). No sé si cuando vuelva a escribir ya seré bimadre o si podré hacerlo antes. Intento estar al día con vuestros posts, pero también llevo bastante atrasado… por si acaso, os deseo a todos una buenísima Navidad en familia, llena de cariño y amor y mucha salud para disfrutar de los vuestros. Espero que empecéis el 2017 con buen pie, y que acabéis el 2016 mejor aún. Las nuestras ya están siendo más especiales que nunca, sólo nos falta la guinda del pastel.

Un beso enorme a todos, ¡volveré!

La comida y yo (parte I)

La maternidad, como ya he dicho en otras ocasiones, me ha cambiado mucho. Entre otras cosas, ha cambiado la visión sobre mi cuerpo y la obsesión que me ha perseguido durante muchos años; y que ha mermado mi felicidad en demasiadas ocasiones. Hoy os quiero contar un poco de mi historia en relación con la comida, pues es parte de mí y de lo que soy. Y que, gracias a ser madre, puedo decir que he superado. 

Desde que tengo uso de razón he sido una niña “gordita” y grandullona. En el colegio, solía sacar la cabeza a la mayoría de mis compañeros de clase (sin exagerar, era muy alta) y mi cuerpo no se correspondía con alguien de mi edad. Recuerdo siempre comprar ropa mucho mayor que la que me pertenecía, y empezar a usar ropa de señora siendo una niña de 12 años (con 11 años pesaba 72 kg). Para mí, lejos de ser un trauma, nunca supuso un problema o complejo. Era muy feliz, y me sentía muy segura de mí misma. Afortunadamente, los niños nunca fueron crueles conmigo ni me hicieron sentir mal por mi aspecto físico. Todo lo contrario, siempre tuve muchos amigos y destaqué siendo la líder de mis grupitos (suena mal dicho por mí, pero es la realidad). Por aquella época, me sentía guapa y me gustaba como era.

Como niña precoz y adelantada, la regla hizo acto de presencia cuando sólo tenía 10 años. Recuerdo aquel día con todo detalle, lloré muchísimo porque me veía muy pequeña y no estaba preparada para lidiar con ese grado de “madurez”. Esto conllevó cambios físicos, pues el cuerpo sin formas de niña empezó a coger curvas y a transformarse en el que sería años después. Así, poco a poco, fui viendo cómo mis compañeros seguían creciendo y alcanzaban mi estatura, mientras yo me quedaba igual. Empecé también a adelgazar, sin buscarlo, y con ello a darme cuenta de que podía verme más guapa de lo que estaba.

Fue con los 15 años, más o menos, cuando quise por primera vez hacer una dieta. Quería perder algunos kilillos y poder vestir de una forma un poco más llamativa a la que acostumbraba. Recuerdo que cambié el bocata del recreo por unas barritas dietéticas, y las cenas las sustituí por los cereales Kellogg’s Special K (había visto en la tele que esto funcionaba). Era muy fan de la coca cola y la bebía a todas horas, pero hice un esfuerzo y la dejé por el agua. En apenas un mes había adelgazado bastante y me veía mejor que nunca, había sido más fácil de lo que creía y me motivé.

Pesaba unos 64 kilos cuando decidí adelgazar, midiendo 1,66 metros (sí, al final me estanqué y no resulté ser tan alta). Conforme me fui acostumbrando a comer menos, el hambre desaparecía y menos comida necesitaba. La barrita del recreo ya me sobraba, y la tiraba sin que lo supiera mi madre. En el almuerzo hacía malabares y escondía comida que después tiraba al váter. La cena la eliminé por completo, y jugaba al despiste en casa para que nadie se diera cuenta. Mis padres, acostumbrados a luchar conmigo por intentar toda la vida que comiera menos, nunca iban a imaginar que la comida ya no era mi prioridad.

Empecé a ser más activa y a interesarme por moverme y dejar el sedentarismo característico de mi persona. Recuerdo una vez engañar a mis amigas, porque habíamos ido a la piscina de otro pueblo a echar el día y mi madre iba a recogernos al salir; pero les conté que no podía y quise volverme andando, cuando llegamos a casa les confesé que lo había hecho por hacer ejercicio (todas refunfuñando por el esfuerzo innecesario). A mi madre le dije que nos había recogido la madre de alguna, y yo me sentía feliz por la larga caminata al pleno sol de julio.

Me pesaba varias veces al día, e iba apuntando los pesos en una libreta. Me sorprendía cómo podía variar en un mismo día tanto, pero me reconfortaba ver que cada día pesaba un poco menos que el anterior. Había días en los que, entre engaños y escaqueos, conseguía alimentarme sólo de una manzana. Y me sentía pletórica y bien conmigo misma por estar “tan limpia” interiormente.

Lo curioso es que conforme adelgazaba, crecían en mi interior complejos que no había tenido nunca. La inseguridad empezó a apoderarse de mí, y lejos de sentirme bien me veía peor. Siempre quería más. No había límite en mi cabeza, no tenía meta: iba a adelgazar todo lo que me fuera posible.

Finalmente, mi madre se dio cuenta un día que fuimos a comprar ropa y me vio cambiarme. Yo siempre había sido muy pudorosa de mi intimidad y había dejado de desnudarme delante de mis padres hacía muchos años. Pero supongo que mi madre andaba con la mosca detrás de la oreja (el cambio físico era evidente), y se las apañó para asomarse y pillarme. Recuerdo su cara de asombro y terror a la vez, a partir de este momento no bajó la guardia.

Por esta época pesaba 50 kilos, una de mis mejores amigas siempre me dice que parecía un dinosaurio porque se me marcaba la columna vertebral. Se me caía el pelo a manojos, y la regla me duraba apenas dos días. Mis padres se pusieron serios, al sospechar que aquello podía ser un problema, y empezaron a controlar mis comidas. No me dejaban levantarme de la mesa hasta que acabara el plato, yo a cambio rogaba por comer cosas a la plancha y ensaladas. Lloraba diciendo que no tenía más hambre cuando le había dado dos bocados al filete, y algunas veces conseguía escupirlo en la servilleta sin que me vieran. Después intentaba vomitar en el baño, pero nunca tuve facilidad para ello así que sólo conseguía hacerme daño en la garganta y que me lloraran los ojos.

De este modo, empecé de nuevo a acostumbrarme a comer. Volví a sentir hambre. Y fue el desencadenante de mi eterna lucha con mi físico y la comida. Lucha que ha persistido hasta mi embarazo anterior. Lucha que, creo, he vencido por fin.

Sin querer me he extendido en detalles, y me ha quedado un post demasiado largo. Así que seguiré contando en otra ocasión, porque la historia aquí no había hecho más que empezar.

Feliz lunes a todos, un abrazo.

 

De no querer bañarlo a hacerlo a diario

Cuando nació Peloncete tenía muy claro que no lo iba a bañar a diario, pues no lo veía necesario para un bebé que apenas se movía y no me gusta abusar de productos ni de echarle cosas artificiales en su piel. Al tercer día en el hospital le dieron su primer baño (papi acompañándolo), y en casa no lo volvimos a bañar hasta 8 días después (y porque el padre insistió, yo seguía sin querer hacerlo).

Así pasamos los primeros meses, bañándolo cada 4 días más o menos a no ser que hiciera algo extraordinario o estuviera más sucio de lo normal. El culito sí se lo lavábamos con agua y jabón, por aquello de las cacas. A medida que ha ido creciendo y pasando el tiempo, esto ha cambiado mucho y no del modo que yo quería.

Cuando empezamos a establecer unas pautas para su día a día a modo de rutina (os lo conté aquí), alrededor de sus 6 meses, introdujimos el baño diario como método de relajación antes de dormir pues creíamos que funcionaba. Yo, a día de hoy, no estoy muy segura de esto porque había días que salía del baño prácticamente dormido y otros en los que después de bañarse seguía pidiendo juerga. Pero el caso es que así lo establecimos, y a medida que ha ido creciendo lo ha relacionado con el siguiente paso: cenar y dormir. Así que, actualmente, veo que es imposible anularlo.

Lo que sí hago es no darle todos los días con gel (aunque el que usamos es 100% ecológico y libre de tóxicos), muchas veces simplemente lo dejo bajo la ducha y lo enjuago un poco con agua calentita. Él siempre se baña con nosotros, unos días con papá y otros con mamá. Y el baño se ha convertido en la última oportunidad del día para agotar las energías que queden, jugar un ratito más y salir listo para cenar y acostarse.

Hay veces que me cuesta horrores sacarlo de la ducha, aun sin agua y con frío él quiere seguir jugando. Para él es un momento de diversión y también de unión, porque le encanta que lo coja en brazos y nos pongamos los dos bajo el agua abrazaditos (y a mí ni os cuento). Se queda apoyado en mi hombro acariciándome con las manos la espalda, y yo me lo como a besos y caricias también, y se relaja muchísimo. Es muy cariñoso y le encanta el roce, especialmente si es piel con piel, y creo que apoyarse en mi pecho es un método infalible para relajarlo y hacerlo sentir seguro.

De modo que el baño es a diario, aunque algún día se ha librado pero en muy contadas ocasiones. Si me lo llegan a decir meses atrás me habría llevado las manos a la cabeza (cuando me pongo cabezona nadie me gana), pero lo cierto es que las pautas te las va marcando el propio niño y sus necesidades. No se puede planear nada de antemano y mucho menos decir “de este agua no beberé”, hay que ser flexibles y dejarnos guiar por nuestro instinto y lo que vaya surgiendo en cada momento. Creo que es la mejor manera de evitar frustraciones y sobrellevar el día a día, siendo estrictos poco podemos conseguir.

Y vosotros, ¿tenéis el momento baño también como parte de la rutina diaria? ¿es algo más que el simple hecho de lavarse, como nos ocurre a nosotros? ¿o podéis prescindir completamente de ese momento porque no forma parte de vuestra rutina?

Me despido hasta el lunes, espero que disfrutéis del fin de semana que por suerte para mí empieza hoy y lo tengo repleto de planes 😀 ¡Un fuerte abrazo!

Ropa y embarazo: mi eterna lucha

Cada día cuando abro el armario me ocurre lo mismo: me quedo ahí de pie, mirando como un pasmarote pensando qué me puedo poner para verme bien y estar cómoda. Ya en la semana 34, casi nada de mi ropa “normal” me sirve y tengo que recurrir a las pocas prendas premamá que tengo. Así que visto casi siempre igual, y no veo el momento de volver a usar de nuevo mi ropa…

Para mí vestir “bien” y estar embarazada se me hace complicado, y más llegado a ese punto del embarazo en el que tenemos la barriguita prominente. He vivido dos experiencias opuestas, pues mientras un hijo nació en agosto el segundo lo espero para enero; y puedo decir que influye considerablemente en la ropa y la facilidad a la hora de vestir. En verano puedes apañarte con cualquier vestidito ancho que ya tuvieras, pero en invierno hasta el abrigo puede ser un problema.

Me indigna profundamente que la ropa premamá sea tan cara, yo no sé vosotras pero a mí me parece excesivo gastarme 39,90€ en un pantalón (esto en el mejor de los casos, en H&M por ejemplo). No suelo vestir de marca, me gusta ir mona y vestir bien pero también me gusta economizar en mis prendas. En mi estado natural (sin estar embarazada) suelo comprar la ropa en outlets, o en tiendas normalitas en las que los precios son asequibles (sfera, lefties, zara). Así que acostumbrada a no gastarme más de 20€ en un pantalón, los precios de la ropa premamá me parecen muy exagerados. Por ello, compro lo mínimo y necesario e intento apañarme con mi ropa normal.

Desde mi experiencia, es imprescindible tener al menos un par de pantalones premamá (unos vaqueros y unos negros, por ejemplo) y otro par de leggins también premamá (llega un momento en el que es lo más cómodo). Yo tengo más, pues en el embarazo anterior me compré algunos y en este también (aunque menos). Supongo que habrá chicas que sobrevivan perfectamente sin tener  estas prendas adaptadas, a mí desde luego se me hace mucho más cómodo vestir pantalones premamá que los normales. Aún hay alguno normal que me entra y que puedo cerrar (milagrosamente, por debajo de la barriga), pero la verdad es que cuando me siento me molesta bastante el botón porque se me clava, por lo que evito ponérmelos.

En cuanto a partes de arriba, también tengo un par de camisetas de premamá pero el resto es mi ropa de siempre. Son mucho más cómodas porque son más largas, tapan la barriguita al completo y se adaptan a la perfección a las curvas. Además, estéticamente quedan mejor. He podido aprovechar más de mi ropa porque la mayoría son prendas sueltas, por lo que se adaptan bien al bulto; pero las prendas que tengo estrechas no me suelen valer porque se acortan demasiado y dejan la mitad de la barriga asomando. A no ser que sean especialmente largas, no puedo aprovecharlas en la recta final del embarazo.

También tengo algún vestido premamá y alguna blusa, es lo más cómodo y práctico como ya he dicho. Imprescindible no, pero si algún día quieres verte mona y poder ponerte algo fuera de lo cotidiano pues se agradece tener un vestidito o una camisa más arreglada que se ajuste bien al bultito y te haga sentir más guapa.

Uno de mis mayores problemas, especialmente al final del embarazo debido al dolor de costillas y de espalda que padezco todo el tiempo, son los sujetadores. Se me hace insoportable llevarlos puestos, me aprietan mucho la espalda y me incomodan en la parte de abajo del pecho. He probado a comprar tallas más grandes, lo cual no me sirve porque la copa se queda sin rellenar y no hace el pecho bonito; he probado a usar sujetadores de lactancia, cosa que tampoco me seduce porque suelen ser más anchos y eso significa más presión… lo que mejor me va son los sujetadores deportivos, y si son elásticos y sin broche mejor que mejor. Aun así, estoy deseando llegar a casa para deshacerme del que lleve puesto. Pero dentro de lo malo, es lo más llevadero.

Las braguitas también son importantes, al menos en mi caso. En mi primer embarazo me hice con un arsenal de bragas XXL para ir bien cómoda y no sentir presión por ninguna parte. Me sentía vieja total, porque además de grandes eran muy altas y aquello quitado parecía las braguitas de mi abuela (estéticamente horribles, pero muy cómodas). Está claro que los casi 30 kg de peso que engordé no me dejaron muchas opciones, y me vi obligada a usar eso por anteponer mi comodidad a la estética. En este segundo embarazo, en el que estoy bastante más controlada en cuanto al aumento de peso y físicamente mejor, he optado por las braguitas de encajes. Aprovechando un día que estuve en Primark (me pilla a más de una hora de casa), me compré varios paquetes de braguitas con el filito de arriba de encaje elástico (por lo que no aprietan), de talle bajo y muy monas. Me vienen genial porque por más que la barriga engorde y abulte, el encaje estira mucho y deja espacio para lo que haga falta. No aprietan por ninguna parte, y son comodísimas. Al menos no parezco la vieja de antaño, y me sigo sintiendo un poco más femenina. Que también es necesario.

Aun así, cada día mi lucha es la misma: abrir el ropero y quebrarme la cabeza para ver qué me pongo que haga parecer que no siempre llevo la misma ropa. Son pocas prendas las que puedo usar actualmente, y las voy intercalando de manera que parezcan más de las que son. Ya a estas alturas no quiero comprarme nada más porque creo que no lo voy a aprovechar lo suficiente, pero me las veo y me las deseo para vestir cómoda y mona a la vez. Por lo menos a día de hoy, puedo seguir usando mis zapatos de siempre lo cual es un punto a favor (en el embarazo de Pelón tenía los pies tan hinchados que tuve que comprarme chanclas de un número más y no podía usar otra cosa). Es más, hoy me he puesto unas botas del año pasado que son por las rodillas ¡y me han cerrado perfectamente! Lo que quiere decir que la pierna sigue igual y no ha engordado, y para mí esto es un subidón enorme (la autoestima tampoco me acompaña llegados a este punto).

Así que, resumiendo, mi consejo es tener algunas prendas básicas de premamá. Porque son más cómodas, y porque te harán verte mejor. La ropa normal por más que queramos no sienta igual de bien. Si no engordas apenas supongo que sí podrás utilizar tu ropa de siempre bastante, y si solías usar cosas anchitas y largas también lo tendrás más fácil a la hora de seguir poniéndote estas prendas. Tampoco hay que volverse loca comprando ropa premamá, porque sólo es una etapa y como ya he dicho es más cara de lo habitual y después del embarazo no vas a volver a ponértela (a no ser que vuelvas a embarazarte, claro está).

Y vosotras, ¿qué habéis hecho en vuestros embarazos? ¿os pasaba como a mí, que no sabíais ya que inventar para vestir y veros bien? ¿sois de aprovechar la ropa de siempre o compráis ropa premamá? Si tenéis consejitos no dudéis en dejármelos que siempre se agradecen 😉

Un fuerte abrazo y feliz martes.