La temida lactancia (parte I)

Hoy quiero contaros mi experiencia con la lactancia materna. Sabía que no iba a ser fácil, estaba preparada psicológicamente, y tenía claro que si en algún momento suponía un estrés para mí o el bebé optaría por la lactancia artificial. Decidí que nuestra felicidad era lo primordial, y no quería tener remordimientos ni sentirme peor madre si tenía que tomar la decisión de abandonar por alguna causa.

Inicio de la lactancia
El peloncete nació un 17 de agosto a las 07:25h. A las 08:02h ya estaba enganchado al pecho. Nada más nacer, en paritorio, cuando lo colocaron encima de mí lo vi buscando con la boquita y pregunté si podía ponérmelo al pecho, pero el matrón que me atendió me dijo que me esperara un poco a que terminara antes conmigo (tenía que alumbrar la placenta y darme aún algunos puntos). En el hospital donde di a luz (hospital público) después de paritorio te pasan a una sala de “observación”, donde ponen al bebé sus primeras vacunas, le hace una exploración un pediatra y a las madres nos asean un poco la zona y nos dan masajes para favorecer la involución del útero. Fue ya estando allí donde pude darle por primera vez el pecho, los dos acostados en la camilla y yo de ladito para que pudiera agarrarse bien. La experiencia fue inmejorable porque el peque agarró a la primera y succionó perfectamente, de hecho tragaba con bastantes ganas. Me indicaron que le diera cada 2 horas aproximadamente y que lo despertara en caso de pasar más tiempo. Así, nos subieron a la habitación (con él agarradito al pecho).

Primeras tomas
Una vez situados en la habitación nos dispusimos a descansar (habíamos pasado toda la noche sin dormir), el peque también estaba dormidito y aprovechamos el papi y yo para hacer lo mismo. El horario de visitas era a partir de las 4 de la tarde, así que era el momento adecuado para disfrutar de nuestra soledad. Yo no quise dar el pecho delante de las visitas, ni siquiera de mis padres, porque sinceramente no tenía aún manejo de la situación y no quería ser juzgada de antemano. Además, no me sentía cómoda enseñando los pechos delante de determinadas personas. Cumplía los horarios que me habían estipulado y le daba de comer cada 2 horas, pero a veces se dormía y no comía demasiado. O si alguna visita se extendía tardaba un poco más en darle de comer (siempre que el niño no llorara). Ahora sé que me equivoqué, y me da una pena tremenda pensar que por mi falta de conocimiento no insistí más en esos momentos en ponerlo al pecho y favorecer la subida de la leche. Pienso que mi inexperiencia no ayudó y que recibí pocos consejos por parte de mi entorno, de modo que se ralentizó el proceso.

El primer biberón
Como ya he comentado no recibí muchos consejos por parte de mi entorno, mi madre (por decir alguien) nunca ha dado lactancia exclusiva, sino mixta, y en su día no tenían tanta información como ahora (de hecho ella ha aprendido más sobre lactancia con mi experiencia que con la suya propia). Ella decía que a mí me tuvo que introducir biberón porque no producía suficiente leche (típico oírlo) y yo era muy comilona. Como yo no tuve ningún problema con el agarre del peque, no necesitaba ayuda en sí a la hora de ponérmelo. Mi problema era que el niño tenía hambre, debido a que necesitaba que me lo pusiera más veces y a que el calostro no le saciaba. Si volviera atrás, prohibiría las visitas (así de radical). Pienso que tuvimos demasiado ajetreo y no nos dejaron la intimidad que necesitábamos. Había una enfermera (nunca me olvidaré de ella) que venía muy a menudo y me preguntaba cómo iba con la lactancia, me apretaba los pezones y comprobaba que salía calostro. Me daba consejos y me tranquilizaba, me decía que la subida se produciría de un momento a otro, que no desistiera.
El primer día no fue muy mal, aunque el niño de vez en cuando se metía las manos en la boca y se chupaba los deditos (después supe que era señal de hambre, en su momento no). El problema vino la segunda noche, que nos despertó llorando y no se calmaba de ninguna manera. Desesperados tras varios intentos con el pecho y viendo que seguía llorando, llamamos a la enfermera (la “buena” no estaba en el turno de noche) y nos encasquetó un biberón. Fue tomárselo y quedarse fritito, pobrecito mío estaba muerto de hambre. Me sentí muy apenada, y pensé que sólo le daría ese porque tenía la esperanza de que me subiera la leche pronto.

Favoreciendo el contacto
A la mañana siguiente vino a visitarnos nuestra enfermera favorita (de verdad que le debemos gran parte del éxito de nuestra lactancia). Se mosqueó un poco al saber que ya le habían dado un biberón, pues por nada del mundo quería que el pequeño se acostumbrara y rechazara el pecho. Me recomendó que lo tuviera continuamente pegado a mí, piel con piel, pues así mi cuerpo aceleraría el proceso de subida. Me dijo que nada de ponerlo cada 2 horas, que debía ser un continuo y cuanto menos me despegara de él mejor. Me contó su experiencia (la mujer tendría unos 50 años), con su primer hijo la subida se hizo de rogar y tardó 15 días; y me comentó orgullosa que lo tuvo esos 15 días a base de calostro y suero que le daba con una jeringa. Me tranquilizó muchísimo en cuanto a ánimos y a saber que lo estaba haciendo bien, que la postura era la correcta y que el bebé también succionaba como debía. Teníamos que tener paciencia y ser insistentes.

La ictericia fisiológica
Al tercer día seguíamos igual, pero con la alegría de pensar que ya nos volvíamos a casa y que allí todo iba a mejorar. Pero nos equivocamos, pues cuando la pediatra revisó al pelón nos dijo que estaba muy amarillito y que debíamos quedarnos un día más ingresados. Nos obligó a darle biberón con fórmula, para que eliminara la bilirrubina al orinar con más frecuencia; y si eso no funcionaba le aplicarían fototerapia. Nuestra enfermera me acompañó a la consulta, y estaba igual de chafada que nosotros. Me dijo que no quedaba otra que darle el bibi, que los pediatras con eso se quitaban un problema y se aseguraban de que el bebé comía, pero que no desistiera y siguiera intentándolo. Desde ese momento mi único afán fue eliminar las tomas de biberón, y conseguir una lactancia materna exclusiva. Ese día comunicamos a nuestras familias que no queríamos visitas, necesitábamos estar solos con nuestro hijo y dedicarle la atención que se merecía. No me despegué al niño del pecho más que para cambiarle el pañal, cuando no estaba comiendo lo tenía dormidito encima de mí. Puse todo mi empeño en que aquello funcionase. 

Aún queda mucho por contar, pero como no quiero aburrir continuaré la historia en el próximo post. Un beso enorme a los que me leéis, espero que disfrutéis del fin de semana y gracias por pasar por aquí.

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17 thoughts on “La temida lactancia (parte I)

  1. Si veo que no fui la única, lo de las visitas es un rollo, la verdad, porque encima se quedan mirando y opinan de todo, yo también he aprendido y para el próximo diré por favor que se vayan que mi hijo va a comer, lo siento mucho a quien le siente mal, pero ya he aprendido. Mi hijo es que ni lloraba, ni se enganchaba en fin… Espero pronto leer tu próxima entrada… Besitos

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  2. Las visitas son un engorro y la lactancia dura al principio. Encima estamos doloridas del parto y con las hormonas revolucionadas. Estoy deseando conocer como sigue tu historia. Yo tengo que seguir con la mía pero nunca encuentro el momento. Un beso enorme.

    Le gusta a 2 personas

    1. Gracias por leerme! Algunas visitas son más respetuosas, pero por lo general… Lo peor es que cuando vuelves a casa tampoco mejora, porque nuestro primer mes fue una locura (además, ten la casa limpia y presentable, prepara café y pasteles, etc). Son difíciles de manejar!

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