17 de agosto

Tras hacerme el reconocimiento y confirmar que ya estaba dilatada de 3 centímetros, pasamos a instalarnos en la habitación de dilatación. Era un lugar muy tranquilo, muy amplio y que favorecía mucho el respeto a nuestra intimidad. Tenía un baño privado, que aproveché para volver a “vaciarme” y darme otra ducha. Una vez duchada de nuevo me puse la bata que ellos te dan, pregunté si podía cenar o tomar algo (yo seguía con hambre, lo mío no tiene solución) y la respuesta fue negativa. Me dejaban tomar algunos sorbos de agua o acuarius (opté por esta segunda opción, al menos tenía sabor).

Después de ponerme de nuevo las correas y hacerme otro tacto, me colocaron una vía intravenosa con suero. Fue entonces cuando me ofrecieron la primera vez ponerme la epidural, pero la rechacé porque aún podía aguantar más y deseaba llegar hasta el final sin ponérmela. Quería levantarme y andar por la habitación (me calmaba mucho apoyarme con las manos en cualquier sitio y balancear las caderas), pero me pidieron que estuviera en la cama para que el monitor detectara bien las contracciones y el latido. Así estuve un ratillo y enseguida me dejaron de nuevo levantarme y caminar, la mayor parte del tiempo estábamos solos mi marido y yo; las matronas entraban de vez en cuando a controlar pero no insistían demasiado.

Llegó un momento en que las contracciones eran más intensas y seguidas, pero me veía plenamente capacitada para seguir aguantando. Entró la anestesista (una chica joven muy simpática) y se presentó, me comentó que ella sería la que me pondría la epidural (en caso de necesitarla) y me preguntó si ya la quería; volví a negarme y le di las gracias. Cuando volvió la matrona para hacerme de nuevo otro tacto (yo no soy consciente del tiempo que pasó entre una cosa y otra, pero intuyo que llevaríamos allí casi 2 horas) me rompió la bolsa sin querer, pues en cuanto introdujo los dedos aquello reventó. Para mí fue un momento incómodo, porque salpiqué a toda la muchacha y empecé a soltar líquido sin yo poder controlarlo. Ella me dijo que era lo más normal y que no me preocupara, pero a mí me dio un poco de vergüenza (le llené la cara, el pijama, el pecho, en fin…).

A partir de aquí empezó lo fuerte. Ya no controlaba tan bien el dolor, ya no me calmaba tanto balanceando las caderas, me apoyaba en la camilla con las manos pero me temblaba todo el cuerpo. Me comentaron que ya estaba de 5 centímetros, la dilatación llevaba buen ritmo (eso sube el ánimo). Entró una enfermera y me ofreció de nuevo la epidural, volví a decir que no. Esta vez la enfermera no se conformó, y me insistió para que me la pusiera. Yo alegué que prefería no hacerlo porque temía que ralentizara el parto (como estaba dilatando tan bien, pensaba que todo pasaría muy rápido). Ella siguió insistiendo, decía que no estaba demostrado que aquello tuviera relación; que incluso favorecería la dilatación porque al estar relajada el cuerpo trabajaría mejor… miré a mi marido y le pregunté ¿qué hago? El pobre me miró con cara rara, como diciendo que esa decisión no le pertenecía tomarla a él. Así que finalmente acepté. La enfermera me dijo que iba a avisar a la anestesista para preparar las cosas y que en breve vendría a recogerme (para la epidural te llevan a otra habitación).

Es curioso cómo nos engaña la mente, pues antes de decidir ponérmela me veía capacitada para aguantar (aunque era muy duro, pero lo estaba llevando bien); pero en cuanto sabes que vas a aliviar ese dolor ya no tienes tanta fuerza. El cuarto de hora que tardó en recogerme se me hizo eterno, pensaba que el dolor era insoportable y que necesitaba calmarlo lo antes posible. Qué equivocada estaba, aún podía aguantar mucho más pero claro, eso aún no lo sabía.

Una vez que me llevaron a la otra sala para la anestesia (fuimos andando, me acompañaba la enfermera, estaba muy cerca) a cada paso que daba seguía saliéndome líquido. Qué sensación tan extraña, es como orinarte (porque es calentito) pero sin que tú puedas controlarlo. Con las contracciones también me volvía a salir, me daba mucho apuro. Cuando me sentaron en la camilla, me comentaron que no debía moverme porque era algo muy delicado y no podía fallar; si venía una contracción debía avisarla y pararía. Aquí también lo pasé bastante mal, porque aguantar las contracciones sentada y con la cabeza agachada no era muy compatible; y venían con mucha frecuencia. Recuerdo un primer pinchazo y algo frío (supongo que un spray), no sé si en ese orden. La anestesista me iba explicando paso por paso todo lo que estaba haciendo, a mí personalmente no me favorece esto mucho porque me pone más nerviosa (prefiero que hagan y no saber), pero sé que lo hacía para tranquilizarme. Mientras ella trabajaba (que se llevó un buen rato), entraban y salían personas de esa sala (trabajadores); ellos hablaban de sus vacaciones, de cómo les había ido el fin de semana, cosas normales. Pero yo estaba ahí sentada, en medio de todos ellos, aguantando contracciones y deseando que todo terminara cuanto antes. En esos momentos los odié a todos y a sus vacaciones, me parecieron muy poco empáticos.

Cuando ya por fin me puso el catéter pegué un brinco, no me lo esperaba y me molestó un poco, no sé si esto fue la causa de que posteriormente no me hiciera efecto la epidural. En ese momento volví a mi habitación por mi propio pie, con un cable agarrado al hombro y mi palo con el suero. A partir de aquí no podría levantarme de la camilla (otro motivo por el que no quería ponérmela). Empecé a notar alivio, de pronto el dolor menguó aunque no del todo. Seguía notando las contracciones, pero ahora eran como las que sentía al principio en mi casa (muy llevaderas). Me hicieron de nuevo un tacto, y me abrieron manualmente un poco; ya teníamos 7 centímetros. El ritmo seguía siendo bueno y yo ya estaba más relajada, no pintaba mal.

La felicidad no duró mucho, de pronto empecé a notar el dolor otra vez pero más en la zona izquierda que en la derecha. Llamamos a la enfermera y se lo comentamos, me dijo que debía ponerme de lado para que el líquido pasara de una pierna a otra. Le comenté que de lado no estaba muy cómoda porque me dolía más, pero insistió en que debía estar así. Le hice caso y me puse como me indicó. Aquello no mejoraba, seguía doliendo y cada vez más. Lo único que notaba es que la pierna derecha estaba dormida, pero el dolor lo sentía por completo. Como iba a más, llegó un momento en el que me puse de nuevo boca arriba porque no soportaba el dolor en esa postura. Al rato volvimos a llamarla para que subiera la dosis, y al verme así me riñó. Ya ahí empezó a caerme un poco mal, porque pensé que no estaba siendo muy sensible con mi estado. Yo no podía estar de lado y aguantar el dolor, y la epidural no estaba haciendo su función; no creo que encima hubiera que reprenderme a mí. Cuanto más líquido metía más se dormía la pierna derecha… decidimos que no volveríamos a pedir más porque era un sinsentido.

Aquí serían aproximadamente las 4 de la mañana, pasó un matrón y de nuevo me exploró. Me dijo que ya tenía dilatación completa (qué subidón!) pero que el niño aún estaba muy alto, tenía que bajar para poder pasar a paritorio. Me administró oxitocina para acelerar las contracciones y facilitar el descenso del bebé, y me dijo que empezara a pujar con cada contracción. Yo ya andaba escasa de energía, y cansada del dolor; pero estaba viendo el final e iba a hacer todo lo que estuviera en mi mano. El efecto de la oxitocina fue bestial, contracciones cada minuto. Yo sintiéndolo absolutamente todo, postrada en esa camilla (porque una pierna estaba muerta). Cuando tenía que pujar le pedía a mi marido que me agarrara las piernas y las subiera, porque yo era incapaz de sostenerlas (me sentía sin fuerzas). Él me agarraba fuerte y me animaba continuamente, no lo he mencionado aún pero fue un apoyo inmejorable y me reconfortó muchísimo todo el tiempo.

Tiempo después entró de nuevo el matrón para ver cómo iba, y me dijo que tenía que pujar más fuerte. Le comenté que sentía mucha presión en el culete, que parecía que iba a hacer caca y me incomodaba mucho (no quería empujar tanto porque tenía esa sensación). Sus palabras fueron rotundas, me dijo que hasta que no me desinhibiera y “me hiciera caca” no iba a empujar bien. Tenía que olvidarme de tapujos y vergüenzas, y darlo todo. Entonces pensé que ya daba igual y que empujaría con todas mis fuerzas. Recuerdo poco las sensaciones de aquel momento, de hecho parecía que estaba en sueños porque escuchaba mi propia voz haciendo sonidos y no la reconocía, pero sí recuerdo perfectamente esa presión ahí abajo. Parecía que el culete lo iba a aplastar entero por dentro, es algo difícil de explicar.

Así, con contracciones por minuto y sintiéndolo todo, me llevé 3 horas. Se dice pronto, pero fueron las peores horas de toda la experiencia. Al final se me cayeron dos lágrimas, y le dije a mi marido entre sollozos que ya no podía más, que llamara a alguien y me pusieran un buen chute porque estaba agotada. Eran las 7 de la mañana. Él salió a buscar al matrón y le pidió por favor que volviera a explorarme, que ya estaba al límite (teniendo en cuenta que llevaba desde las 05:30 de la mañana del día anterior con dolores). Cuando entró y me tocó me dio la mejor noticia de toda la noche, “nos vamos a paritorio”. Fueron como palabras mágicas, que me recargaron de energía e hicieron que el dolor fuera menos.

De camino a paritorio vi a mis padres y mi suegra en el pasillo, recuerdo la cara de penita de mi padre mirándome (creo que cualquier padre o madre en ese momento se cambiaría por su hija si pudiera) y yo intenté sonreír y decir que estaba bien con la mano. En paritorio me colocaron en el potro, ¡bendito potro! Por fin tenía las piernas sujetas, no habían dejado de temblar desde que me rompieron la bolsa y me era imposible controlarlas. Estando allí empezaron a tener problemas con el monitor y no podían ver cuándo venía la contracción, les dije que daba igual, que yo les avisaba (ya que la epidural no había cumplido su dichosa función). Así, tuve un poco de “mando” en mi parto y pude pujar cuando yo lo indicaba y no cuando lo hacían ellos. Fueron pocos pujos, el niño salía y volvía a entrar. El matrón, un hombre estupendo, se llenaba las manos de vaselina y me la untaba por todas partes para evitar la episiotomía. Pero no pudo alargarlo más, los latidos del peque estaban descendiendo y tuvo que recurrir a un pequeño corte. En el siguiente empujón por fin salió mi pelón, creo que en total pude pasar unos 10 minutos pujando en paritorio.

Tardó en llorar unos segundos, estaba moradito. No dejaron que su padre cortara el cordón, porque tuvieron que atenderlo antes. Pero fueron segundos, que a nosotros se nos hicieron eternos. Me lo pusieron en el pecho, él llorando y mi marido también. Para mí fue una sensación extraña, no fue un arrebato de amor en ese momento. Me llegó después con las horas, empecé a sentir que cada vez le quería más. Estuvo conmigo todo el tiempo, nunca nos separaron. Alumbré la placenta y me cosieron (la episiotomía fue pequeña, 2 puntos).

En conclusión, mi experiencia de parto fue muy buena. Sé que con el tiempo los malos recuerdos se olvidan, pero incluso en ese mismo momento le dije a mi marido que quería tener más hijos. Tenía tanto miedo a ese día, y me esperaba algo tan horroroso que al final me pareció estupendo. Iba con la mente muy preparada y creo que eso fue fundamental para afrontar todo el proceso.

Sólo cambiaría una cosa: no me pondría la epidural. Para mí fue contraproducente, había oído maravillas de ella pero no sé qué pasó conmigo que no funcionó. Sólo me sirvió para estar postrada a la cama y no poder moverme con libertad, creo que de haber sido así el niño no habría tardado 3 horas en descender por el canal del parto.

¿Qué os ha parecido la experiencia? ¿Os ocurrió parecido? Me encanta conocer las vuestras, me hacen recordar lo vivido y me emocionan.

Muchos besos y hasta el próximo post, ¡nos leemos!

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12 thoughts on “17 de agosto

    1. El miedo es nuestro compañero hasta poco antes de que llegue el momento, pues llegado a un punto tienes tantas ganas de parir que ya ni te asusta. Mi consejo es que vayas muy informada y mentalizada, que sea una mejor o peor experiencia depende en gran parte de tu actitud y cómo la afrontes. Estamos preparadas para hacerlo, y siempre tendrás un equipo médico respaldándote y cuidándote. Ojalá sea una buena experiencia! Muchos besos!

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  1. Me has emocionado, me he metido de lleno en tu experiencia que hay cosas que me recordaban al mío, yo no pude aguantar el dolor de 3-4 me la pusieron y la verdad que parecía drogada je je, lo malo fue la hora y diez minutos que me tire empujando el niño salía y entraba y el gran desgarro, pero al llegar a la habitación me preguntaron si quería más hijos y dije que si por supuesto. Gracias por compartir. Besitos.

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    1. Eso había escuchado yo también, que con la epidural el expulsivo se alargaba (era otro motivo por el que no quería ponérmela). Lo del desgarro imagino que sería bastante duro y la recuperación más difícil, pero si aún después de eso ya dijiste que querías más hijos la experiencia tuvo que ser muy buena! Gracias a ti por leer, un beso enorme!

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  2. Leyendo tu parto he recordado de nuevo el mío, quien no haya parido no puede entender lo emocionante que es. Fuiste muy valiente y lo llevaste muy bien. Yo hoy tampoco me pondría la epidural. En mi caso me hizo demasiado efecto y me paró el parto. Pero esto lo valoras a posteriori, en el momento no sabes que es lo mejor. Un beso enorme.

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    1. Pues sí, aunque en el momento decir que no es más difícil que ahora jeje. Hay veces que con la epidural la experiencia es maravillosa, pero yo pienso que en mi caso sólo fue un inconveniente. Ojalá en el próximo tenga la fuerza para decir que no! Me gustaría saber lo que es vivirlo por completo sin ella… Un gran abrazo!

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  3. Tal y como te dicen, leerte me ha recordado a mi parto y me han entrado ganas de echar unas lagrimillas. Es una experiencia maravillosa que jamás se olvida.
    Yo tuve la suerte de tener un parto rápido para ser primeriza y sobretodo de encontrarme con profesionales que nos respetaron y que nos explicaron todo lo que hacían en cada momento y sobretodo que trataban el tema con nosotros con mucho humor.
    Te admiro por esa fuerza de voluntad para intentar aguantar sin ponerte epidural, yo lo pensé, pero al final me la puse y bendita epidural!
    Lo único que yo cambiaría de mi parto es que no dejaron entrar a mi marido hasta que estuve en el paritorio, y la verdad que fue una cosa que me molesto, porque él estuvo nervioso fuera y porque quería que viviese la experiencia completa conmigo y le necesitaba.

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    1. Pues sí que tuviste que pasarlo mal estando sola, es un momento muy delicado y reconforta muchísimo tener compañía de alguien querido. Me alegro de que tu parto fuera rápido, a pesar de ser primeriza, eres una afortunada! Es un momento único en la vida y no lo olvidaremos jamás, la recompensa además es enorme! Gracias por tus palabras, un beso!

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