Cosas de abuelas (I)

Desde que anuncias el embarazo hasta que tienes al bebé se producen muchos cambios, está claro que la primera que cambia eres tú misma pero no eres la única; tu entorno también se prepara para la llegada del bebé, y las primeras personas a las que les cambia el chip son las futuras abuelas. Y debemos estar preparados.

No sé si se debe a que ellas, que ya fueron madres, ya conocen lo que va a ocurrir y se anticipan o que realmente existe algún botoncito allá por su cabeza que una vez pulsado las transforma en abuelas y no hay marcha atrás. Yo he sido testigo de estos cambios, por ambas partes, y no me quedan dudas de que hay un antes y un después en toda mujer que se convierte en abuela.

Ojo, que los abuelos también se transforman pero en menor medida (al menos esa es mi experiencia). Sí, se vuelven tontos y babosos también pero no de la misma manera. Y aunque tanto mi padre como con mi suegro hacen con su nieto lo que no hicieron con sus hijos, siguen siendo los mismos y actuando igual. Pero ellas no, ellas ahora son abuelas.

Antes de quedarme embarazada sabía que la familia ya tenía ganas de tener un descendiente, parece que les llega el momento y están deseando que algún día les des la noticia. Tienen a conocidas, primas, hermanas, amigas, que ya son abuelas y les hablan de las maravillas de sus nietos. Y sienten esa pelusilla que les pide tener los suyos. Así, llega el día en que le anuncias lo que tanto esperaban y les envuelve la emoción y la ilusión. Y comienza su cambio.

Mi madre siempre ha sido muy atenta y ha estado pendiente de todo lo que necesitaba, pero también me ha dejado mucha independencia y nunca se ha entrometido en mi vida “privada”. Yo me independicé con 24 años y se ha mantenido al margen dejándome hacer mi vida como quisiera, ayudándome cuando la necesitaba pero sin molestar. Estando embarazada esto cambió, y empecé a apreciar una cierta sobreprotección por su parte. Cuando mi marido trabajaba no quería dejarme sola, insistía para que me fuera a su casa y en cierto modo cuidarme ella también. Siempre estaba pensando en el futuro nieto, comprando todo lo que me hiciera falta, y queriendo “vigilarme”.

Un día le comenté a mis padres mis deseos de no avisar a nadie el día del parto, les dije que quería intimidad y que no necesitaba gente fuera esperando. Ella me siguió la corriente y me hizo creer que lo respetaba, pero en su interior despertó la madre controladora que nunca fue para evitar a toda costa que esto ocurriera. De modo que el último mes de embarazo viví un continuo seguimiento por su parte, ella pensaría que me iba a poner de parto en cualquier momento y que no la iba a avisar; así que decidió adelantarse a los acontecimientos. Me escribía whatsapps a todas horas, me llamaba día sí y día también, se presentaba en mi casa con excusas absurdas sólo para comprobar que seguía entera… Recuerdo un día que me comentó que iba a ir a comprar al Mercadona de mi pueblo porque le gustaba más que el del suyo (lo sé, todos son iguales) y que se pasaba a verme. Esta excusa la utilizaba casi siempre, y lo cierto es que había veces que ni compraba. Simplemente venía a ver cómo seguía y se iba. Yo me daba cuenta, pero por no discutir prefería no decirle nada.

Lo cierto es que el último mes me hizo pasarlo mal, y llegué a enfadarme mucho con ella y su insistencia. El mes de julio se me hizo eterno, no veía el momento de parir. Y para colmo mi madre cada día me sacaba nuevos síntomas de parto, como que tenía la nariz muy ancha, la barriga muy baja, que tenía más energía de lo normal, que si había luna llena me preparara… Así que cuando faltaban 2 semanas para mi FPP yo ya estaba desesperada. Decidí tomarme más espacio, viendo lo insistente que estaba pues no quería que me pillara el día que me pusiera realmente de parto. Así que tomé la decisión de poner distancia, porque además me tenía de los nervios.

Dejé de llamarla a diario y de ir a visitarlos tantas veces, cuando me escribía whatsapps le contestaba más seca. Alguna vez le dije que dejara de controlarme, que me tenía harta. Así leído puede parecer muy duro, pero no creáis que lo fue tanto porque a ella bien le resbalaba. Nosotras somos muy claras la una con la otra, y siempre hemos tenido confianza para decirnos todo lo que nos parece mal. Nunca nos enfadamos en serio, aunque esté molesta por cualquier cosilla a los 5 minutos volvemos a hablar como si nada. Por suerte, parece que pilló las indirectas y dejó de “acosarme” un poco.

Estando de 40 semanas tuve que ir a monitores, donde se pudo comprobar que no tenía ni una contracción ni la más mínima señal de parto. Así que me programaron la inducción para una semana después, en el caso de que no me pusiera de parto antes (cosa que al final no fue necesaria). El tiempo que estuve en monitores y el posterior que pasé en consulta para el reconocimiento estuvo mi madre escribiéndole a mi marido preguntando si todo iba bien, y viendo que no contestaba (él tenía el móvil en silencio y lo miró al salir del hospital) ya quería presentarse allí. No podía controlarse, estaba atacada y actuaba sin pensar. Al ver sus mensajes y su insistencia la llamé (molesta) y ni le conté que me habían programado la inducción. Le mentí con la fecha, pues sabía que si se lo decía iba a presentarse allí aunque yo le pidiera que no lo hiciera.

Curiosamente el día que me puse de parto no me llamó ni me escribió, pues ya llevaba días un poco mosqueada con ella. Así que pude irme al hospital sin tener que inventarme nada, y sin presiones. La historia se torció porque, como ya conté aquí, al estar 2 horas y media en monitores, y mi marido sin saber de mí, se asustó y decidió que debía llamar a mis padres (por si algo malo ocurría). Cuando por fin salí de monitores y mi marido me dijo que los había avisado, la llamé en ese momento para decirle que estaba bien y que no vinieran. Ella aceptó de buena manera, lo que no sabía es que me estaba siguiendo la corriente y que ya venía de camino…

Estando en la sala de dilatación aprovechó que mi marido tuvo que salir a cenar para entrar a verme. Estaba muy nerviosa, y creo que también un poco asustada. Yo, sin embargo, estaba muy tranquila y llevando los dolores bastante bien (aún no había roto la bolsa). Creo que yo la tranquilicé a ella al verme así. Me dio ánimos y fuerza, y salió de la habitación más tranquila. El resto de la noche fue bastante respetuosa y no insistió telefónicamente, para mí fue como si no hubiera nadie fuera porque no podía pensar en nada más que en tener al bebé. Así que al menos esa noche fue “tranquila”.

El peque nació a las 07:25h horas de la mañana, llegaríamos a la habitación sobre las 09:00h. Las visitas no estaban permitidas hasta las 16:00h, lo cual supuso un alivio para nosotros porque íbamos a poder dormir. O eso creíamos.

Subió mi madre, mi padre, mi hermano y mi cuñada. No todos a la vez, uno tras otro, para poder ver al bebé un momento hasta la tarde que volverían. Yo ahí estaba bien y quería “presentárselo”, sabía que sería un segundo y cuando se fueran nos quedaríamos solos y podríamos dormir. Esa mañana dormíamos a intervalos, pues con el bebé recién nacido y las entradas y salidas de enfermeros no podíamos descansar. Por fin nos dormimos a las 14:00h, de estas veces que entras en sueño profundo y se cumplen todos los factores para poder descansar… Pero a las 15:00h mi madre aparecía por la puerta, despertándonos y riendo porque había burlado al seguridad y se había colado (no podía entrar hasta las 16:00h). Nosotros reíamos menos.

Así, los días en el hospital fue una lucha continua por tener intimidad y estar los tres solos. Mi madre sólo quería estar allí y que mi marido se fuera a descansar, y él no quería irse porque no quería separarse de nosotros. Yo, la verdad, es que también prefería estar a solas con mi marido. Mi padre también hizo lo mismo alguna vez, y mi hermano siempre acompañaba a mi madre. Nos tuvimos que quedar un día más ingresados, como ya conté, por la ictericia del pequeño. Ese día prohibí las visitas, necesitaba tener a mi hijo puesto al pecho todo el día y no me estaban dando la intimidad que deseaba. Fue un verdadero alivio.

Esto sólo es una parte de las cosas de abuelas que hemos vivido hasta el día de hoy, creo que lo dejaré como un apartado anecdótico para ir contando de vez en cuando sus pericias. Aquí sólo habían hecho más que empezar, hay (y habrá) muchísimo más por contar. Mi suegra también tiene las suyas, no os creáis que se libra. 

Antes de despedirme sólo quería resaltar que mi madre es una persona maravillosa, para ella somos lo primero y se desvive por su familia. Siempre me presta su ayuda incondicional, siempre está disponible y siempre es un apoyo. Para mí, no hay otra como ella. Todo esto os lo cuento desde una perspectiva cómica, sé que ella estaba nerviosa y lo estaba pasando mal por mí. Y sé que nada de lo que hizo fue con intención de molestar, ella sólo actúa pensando en lo mejor para nosotros y es una madre, esposa, hermana y suegra maravillosa. Y si como madre es buena, como abuela ya ni os cuento.

Un abrazo a todos y hasta le siguiente post, ¡nos leemos!

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10 thoughts on “Cosas de abuelas (I)

  1. Nosotros con el primero no avisamos hasta que ya estaba en la sala de parto. Mi madre y mi suegra aun nos lo recriminan 😁 Con el segundo ya no quedo otra alguien tenia que cuidar al otro! Que haríamos sin ellos..

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