No me puedo quejar

No me gusta lamentarme ni andar quejando, no es beneficioso y resulta una total pérdida de tiempo. Hace tres días habría escrito esto desde una visión muy tremendista, pero la verdad es que hoy no me siento así y tampoco veo necesario darle ese aire tan dramático.

Este mes está siendo un poco difícil, pero sólo un poco. El inicio de la guarde ha supuesto un estrés psicológico para mí que no esperaba, y si bien es cierto que el peque está adaptado y que la experiencia está siendo muy fácil y llevadera, también está la otra parte que los padres desempeñamos y no podemos evitar. La preocupación continua por saber si estará bien, si comerá bien, si se sentirá solo, si jugará con otros niños… las primeras semanas de adaptación y berrinches. El estrés diario que supone dejarlo a las 9 allí y preparar todo lo que necesita. La cantidad de ropa que está ensuciando cada día, pues al recogerlo parece que viene de la guerra, y que hay que lavar y se acumula. El querer compensarle el resto de horas diarias y no separarme de él, pues en el fondo hay un poco de culpabilidad por dejarlo en un lugar que no es su casa. A todo esto le sumamos que desde que empezó se instalaron en casa los virus y, a día de hoy (un mes después), aún no nos hemos recuperado. Noches sin dormir por culpa de los mocos que no le dejaban respirar, otras por culpa de la tos que lo despertaba, otras por la preocupación de la fiebre, otras porque nosotros mismos estábamos vomitando y con diarreas. ¡Ay! Ya estaba mentalizada, y pensaba que estas cosas iban a pasar… pero aun así hasta que no lo vives no lo sabes.

Pero el colmo de los colmos, lo que nos ha complicado doblemente la tarea y me ha tenido al borde de la desesperación mental es que actualmente estamos de obras en casa. Necesitábamos arreglar un mueble que se inundaba cuando llovía (en el que se encontraba la lavadora, lo cual era un riesgo continuo y había que solucionar urgentemente), así que ya puestos hemos decidido hacer algunos cambios más y aprovechar el tirón de la obra. Está siendo más lento de lo que preveíamos, porque como siempre surgen complicaciones. Llegar a casa después de recoger al peque a las 2 de la tarde, normalmente con el niño dormido, encontrarte la casa patas arriba y llenita de suciedad por donde quiera que pises. Intentar refugiarte con el niño en la habitación y esperar a que los trabajadores acaben la jornada para irse, que el niño se despierte por los ruidos y ya tengamos la tarde hecha porque no se volverá a dormir (y para aguantarlo hasta la noche así hay que tener mucha energía). No almorzar hasta las 4 de la tarde, llevando con hambre desde la 1. Limpiar la casa rápidamente para estar un poco cómodos, aunque te haces la ciega para no ver y no pensar. Estar agotada y no poder dormir siesta, porque has almorzado muy tarde y el niño ya quiere juegos… Han sido días agotadores, tanto que alcancé mi límite.

Por suerte, tengo la tremenda fortuna de tener un marido que vale millones y una familia que siempre está dispuesta a ayudar. Decidimos cambiar la estrategia, aprovechando que Marido está de vacaciones y puede dedicarse 100% a la casa, porque mentalmente yo no podía más. Quizá penséis que exagero, pero hasta empecé a creer que tanto estrés iba a provocarme un parto prematuro. Tenía molestias continuas en el bajo vientre, estaba agotada todo el día, y demasiado sensible. Había que remediarlo. 

La solución ha sido no volver a casa, recoger al peque de la guarde e irme a refugiarme a casa de mis padres hasta la noche. En casa de mis padres no tengo que mover un dedo, los abuelos están locos por jugar con el pequeño y se pasan la tarde entreteniéndolo. Podemos dormir siesta sin ruidos que lo despierten, y continuar con su rutina que tan necesaria es para su estabilidad. Cuando vuelvo a mi casa me encuentro todo limpio, no hay trabajadores, no hay ruidos. Está la cena hecha, están las velas puestas, y se respira paz. Por eso digo que mi chico vale millones, porque hace malabares para que cuando lleguemos nos lo encontremos todo así y encima no le falta la sonrisa.

Entonces… ¿cómo me voy a quejar? No puedo hacer un post de desahogo ni tremendista, pues la realidad es que soy una gran afortunada que puedo disfrutar de todo esto. He pasado del límite mental a encontrarme en un estado de paz absoluto, lo que no sé es por qué no se me ocurrió antes. A veces nos complicamos la vida sin necesidad, teniendo mil recursos a mano.

Y lo mejor es que hoy es viernes, y el fin de semana no se trabaja. Tendremos nuestra casa para nosotros solos, limpia y tranquila. Disfrutaremos de este maravilloso tiempo en familia, pasearemos o iremos al parque. El lunes ya volverá con sus obligaciones, pero por ahora es viernes. Así que disfrutadlo.

Un fuerte abrazo y gracias por leerme.

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Un antes y un después

Que la maternidad nos cambia no es algo que yo voy a revelar, creo que todas las que lo hemos vivido hemos podido experimentar algún cambio en mayor o menor medida. Lo que sí creo es que, dependiendo del ritmo de vida que llevaras o las costumbres que tuvieras, probablemente lo hayas notado más o no tanto.

En mi caso lo ha sido, he sufrido un gran cambio a nivel personal en todos los aspectos de mi vida. Al echar la vista atrás y recordar mi vida antes de Peloncete, veo un antes y un después muy claros. Y ya no tanto durante el embarazo, más bien a raíz de su nacimiento. A mí me habrían hecho falta mucho más de 9 meses para hacerme a la idea de lo que iba a vivir, me costó sentir ese instinto ya estando embarazada y parecía que no era consciente de lo que iba a ocurrir al final de todo. Cuando ocurrió, es decir, cuando nació mi hijo, vino todo de golpe encima. Todo ese amor que no había sentido, toda esa necesidad de sobreprotección, la vulnerabilidad y la mezcla de sentimientos. La gran responsabilidad, los miedos, el cansancio que nunca había experimentado, y los sacrificios. Todo llegó a la vez, y para quedarse.

Me sorprendí a mí misma, en aquellas veladas nocturnas de los primeros meses cuando apenas dormía entre toma y toma, viendo cómo me levantaba gustosamente y no me pesaba jamás en el ánimo ni el humor. Recuerdo con total claridad ver mensajes y audios de whatsapp, a las tantas de la mañana, de amigas de fiesta. Ahí me daba cuenta, de la diferencia tan abismal entre sus vidas y la mía. Miraba a la persona que tenía entre mis brazos, que dependía exclusivamente de mí, y se me dibujaba una sonrisa. Sabía que no necesitaba más, nadie más podía entenderme, no hasta que algún día lo vivieran. La felicidad era esto, lo otro ni siquiera se le acercaba.

Mi vida antes de mi hijo, hoy por hoy, la recuerdo poco y no sé siquiera si claramente. Suena dramático, como si no hubiera sido feliz. Para nada, no es esa la imagen que pretendo dar. Mi vida supongo que era como la de cualquier joven: trabajo por las mañanas, por la tarde tenía clases, y los fines de semana planes en pareja o con amigos. Me gustaba mucho salir, no soportaba pasar en casa más de 24h seguidas. Me encantaba ir de fiesta, demasiado diría yo, y tomar cafés con las amigas. Cuando Marido tenía el fin de semana libre (con su profesión muchos le toca pringar) estaba deseando hacer algún plan romántico, tipo cena y cine (muy típico, pero para mí mis preferidos). Algunos fines de semana también los pasaba limpiando en casa, y eso lo odiaba, pero las tareas del hogar había también que cumplirlas. Por otro lado, cuidaba mucho mi vida familiar e intentaba pasar todo el tiempo posible con mis padres. Irnos de almuerzo, ir a casa a echar el rato, pasar las tardes de compras con mi madre. Era fácil hacer planes sobre la marcha, sin tener hijos vas como desnuda por la vida.

Durante el embarazo algunas cosas fueron cambiando, lo primero que eliminé obviamente fueron las fiestas. Ni las ganas me acompañaban, ni la situación. Adiós al alcohol, al tabaco, al café y a los vicios en general. Se me hizo difícil, no voy a negarlo. Mis amigas seguían con ese tipo de vida, y yo no estaba a la altura.

Ahora lo veo todo muy diferente, veo en ese pasado mucha inmadurez. Por mi parte por supuesto, y también por este tipo de vida en general. De todas las cosas que han cambiado en este tiempo, es lo único que no echo de menos y que he descubierto que no me aportaba absolutamente nada. Recuerdo repetir una y mil veces “en cuanto lo tenga y me recupere lo primero que voy a hacer es pegarme una buena fiesta, que me lo he ganado”. Hoy, 13 meses después, aún no lo he hecho (no de la manera a la que yo me refería al decir eso). Me avergüenza hasta un poco exponerme así y dejar entrever la falta de conciencia que tenía, pero realmente es lo que sentía en ese momento. A día de hoy, no lo he hecho por una sencilla razón: no lo he necesitado. Nunca he visto el momento adecuado para irme de fiesta y dejar a mi hijo, era muy pequeño y necesitaba mucho de mí. Me necesitaba para dormir por las noches, tomaba el pecho cada vez que quería, ¿acaso iba a privarle de eso por ir a echar unos bailes a una discoteca y tomarme varios cubatas? Después fue creciendo y, simplemente, no me ha apetecido. El ratito nocturno es clave para nosotros, especialmente a nivel de pareja, y me cuesta mucho sacrificarlo por otras cosas. Nuestros días son a contrarreloj, cuando llega la noche no tenemos ni cuerpo ni ganas para otra cosa que no sea estar acurrucados en el sofá…

Hemos sacrificado en gran parte nuestra vida social, soy consciente, pero es lo que toca. No conocemos a nadie con hijos, en ese aspecto estamos bastante solos. No sabemos hasta qué punto nos pueden comprender, o podemos resultar cansinos. La verdad, no es algo que me preocupe. Hay mucha más vida allá de las fiestas nocturnas, hay muchos más planes.

Sí hay cosas que echo un poco de menos, como irme de compras con mi madre desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche. Es algo que puedo hacer diréis, pero la realidad es que ya poco me compro para mí ¡ahora el protagonista es él! Y suele acompañarnos, así que no podemos entrar en más de dos tiendas sin que se aburra y haya que hacer cambio de planes. Ya no creo que vuelva a gastarme casi el sueldo del mes en ropa y caprichos para mí… pero, ¿y lo que satisface comprarles cositas a ellos y que vayan bien guapos?

Si antes ya era familiar y me gustaba compartir tiempo con los míos, ahora se ha triplicado. Muchas veces no por las ganas que tengan de verte a ti, sino porque te exigen ver al pequeño. Un hijo une muchísimo, especialmente esos lazos con tus padres (de padres a padres) ahora que entiendes tantas cosas y sientes lo mismo que ellos. La vida se vuelve muy entrañable viendo a tus padres ejercer de abuelos y a tus hermanos de titos (aunque también conlleve algún que otro sofocón), valoras lo realmente bueno de la vida. Aprendes a apreciarla.

Sigo saliendo a tomar cafés, eso aún me lo puedo permitir. No de aquellos que se reliaban (como decimos por aquí) y acababan de dudosas maneras. Cafés más cortos y efectivos, muchos en modo desahogo en los que le pones la cabeza a tu amiga como un bombo (tú siendo la primeriza pesada y ella con sus otros problemas), con la hora más limitada pero que se disfrutan muchísimo. Los coges con ganas, pues ya no te los puedes permitir tan a menudo, y los aprovechas bien.

Algún día de cine y almuerzo (que no cena) en pareja ha caído, creo que en estos meses no los puedo llegar a contar con los dedos de una mano pero ahí están. La verdad es que nos gusta pasar tiempo con nuestro hijo, salir con él y hacer actividades que se adapten a sus necesidades. Y sé que es importante dedicar tiempo a la pareja y cuidarla, y lo hacemos. Pero también queremos disfrutar de nuestro tiempo en familia, y en ese pack nuestro pequeño es indispensable. Quizá cuando seamos cuatro ya me lo piense mejor y me escape alguna vez más a ver una película como excusa jejeje! Pero por ahora no nos gusta demasiado dejar a Peloncete fuera de nuestros planes, a no ser que sea muy muy necesario.

Pues sí, el giro ha sido de 180º. Sin anestesia, de un día para otro. Lo notas más cuando tu círculo no te acompaña y no está en tu onda (o tú no estás ya en la onda de ellos). Están los que se adaptan y te comprenden y los que no y se quedan fuera. Y no pasa nada, la vida sigue y avanza. Es respetable lo que cada cual prefiera hacer con la suya. Siempre pienso que algún día lo entenderán, hasta que estás pringado no tienes ni idea (y los que hablamos más de la cuenta somos los peores… “yo nunca haré”, ay amigo!). Esto sólo se vive una vez, los hijos crecen a un ritmo de vértigo, y nosotros no queremos perdernos ni un segundo de su vida. Queremos estar con él para todo, y saborearlo al máximo. Los que un día fuimos lo disfrutamos, pero en el pasado se queda. Los que somos hoy es una versión mejorada y más completa, y somos afortunados por poder vivirlo. No lo cambiaría por nada de este mundo, el después ha superado al antes con creces…

 

Analítica del segundo trimestre y test O’Sullivan

Ya me encuentro en el final del segundo trimestre, el más llevadero sin duda, y como corresponde me han realizado de nuevo una analítica de sangre y el test O’Sullivan para detectar si existe diabetes gestacional. Por lo que tengo entendido, también procedería realizar de nuevo un análisis de orina pero no se ha dado en mi caso. Y creo recordar que en mi embarazo anterior tampoco fue así. No sé si es porque en mi centro de salud son un poco dejados (que lo son) o porque realmente no es imprescindible, prefiero pensar lo segundo.

Os cuento un poco en qué consiste la prueba, aunque todas las mamis ya lo sabéis perfectamente y las futuras mamis seguro que algo habéis escuchado. En primer lugar te hacen la extracción de sangre, como siempre en ayunas y a primera hora de la mañana. Aquí hago un inciso para quejarme un poco del funcionamiento de mi centro de salud y la falta de profesionalidad de sus trabajadores. Mi cita correspondía a la primera de toda la mañana, la cual es a las 08:20h. Recuerdo perfectamente en el anterior embarazo como la chica que me dio la cita me advirtió, y me comentó que no me preocupara por llegar a la hora porque hasta las 08:30 allí no se empezaba a trabajar. Me sorprendió su franqueza, y efectivamente el día que tuve que hacerme la prueba pude comprobar cómo todos los enfermeros entraban por la puerta del centro de salud a las 08:30h; venían de desayunar del bar de enfrente, todos juntos. Me pregunto cuál es su horario de trabajo, y si están empleando horas del mismo en actividades no relacionadas…

Hoy ha ocurrido igual, yo estaba a las 08:15h ya en la sala de espera pero hasta las 08:30h no han empezado a entrar. Además de impuntuales, la mayoría fumadores que acaban de tirar el cigarro en la puerta y entran dejando un rastro de olor insoportable. Puntualizo: yo he sido fumadora, y me gustaba mucho fumar, pero detestaba el olor. Estamos hablando de personas que trabajan en el ámbito de la salud, que deben dar una imagen de higiene, que te atienden y con los que mantienes un contacto muy cercano (sólo al sacarte sangre ya los tienes bastante cerca). No es agradable tener que soportar determinados olores, ya sea tabaco o sudor (por ejemplo). Me parece una falta de profesionalidad enorme, y si ya hablamos de la impuntualidad que los caracteriza pues una gran falta de seriedad en su trabajo. Me indigno con estas cosas, no lo puedo evitar… tenía que compartirlo.

Prosiguiendo con el tema del día: extracción de sangre en primer lugar, tres botecitos para ser exactos. La finalidad de cada uno ya no os la puedo decir, pues mis conocimientos en ese aspecto son escasos. Seguidamente te dan el “zumito” que debes tomarte, bien fresquito. La recomendación es tomarlo con tranquilidad pero sin dormirse en los laureles, mirar la hora a la que has terminado de tomarlo y esperar sentada 60 minutos más.

Yo me lo he tomado en 5 minutos, y haciendo tiempo para no bebérmelo del tirón. Sólo de pensar que tenía que estar ahí sentada una hora más… cuanto antes lo acabara mejor. Para mí el sabor no es desagradable, muy dulce es cierto, y empalagoso. Pero no me dan nauseas ni ganas de vomitar (como he leído en otros casos). Esta vez sabía a lo que me enfrentaba, en el embarazo anterior iba asustada por los comentarios que había escuchado respecto a su sabor. No me pareció tan horrible la verdad, creo que hay personas que exageran mucho. No es un sabor que me guste tampoco, porque no soy fan de las cosas muy azucaradas, pero no me produce repulsión.

Lo que sí me cuesta más es estar una hora sentada esperando, además esta vez iba sola (papi tenía que llevar a Peloncete a la guarde) y se pasa el tiempo más lento. Para más inri tenía muy poca batería en el móvil y quería reservarla para alguna necesidad, así que imaginaos qué ratito más largo… 

Cuando pasa la hora vuelven a extraerte sangre, esta vez tan sólo un botecito. Y ya puedes volver a casa, en mi caso al trabajo.

Ahora lo que toca es esperar los resultados, que si todo está bien y no existe diabetes gestacional no los conoceré hasta mi próxima cita con la matrona (hasta dentro de un mes). Si los niveles de glucosa superan los 140mg/dl habría que repetir de nuevo la prueba, aunque esta vez se haría la denominada “curva larga” (curva de la glucosa). En este caso mi matrona se pondría en contacto conmigo vía telefónica en cuanto conociera los resultados. En mi anterior embarazo no tuve diabetes gestacional así que no puedo hablaros mucho acerca de este tema, espero librarme de nuevo esta vez!

Pues eso es todo en lo que consiste esta prueba tan conocida y necesaria, por la que tenemos que pasar todas las embarazadas entre muchas otras a lo largo de estos 9 meses. A estas alturas ya voy visualizando el final, los últimos 3 meses son los más intensos en todos los sentidos. Aún tengo que preparar todo lo que necesito para Pequeño J, aunque la mayoría de cosas las va a heredar de su hermano pero también tendrá que estrenar jeje. Pronto os contaré el resumen de mis síntomas durante el segundo trimestre de embarazo, y os hablaré también de los preparativos para la llegada del nuevo bebé.

Gracias como siempre por pasar por aquí, por vuestras palabras y vuestra agradable compañía. Un abrazo grande y feliz fin de semana. 

 

 

¿Estamos preparados para lo que viene?

A dos semanas de entrar en el tercer trimestre de este segundo embarazo, hay días en los que no puedo evitar que me asalten las dudas e inseguridades. Me digo continuamente a mí misma que va a ser difícil, que los primeros meses serán muy duros, y que tenemos que estar preparados. Preparados como padres y como pareja, porque no nos engañemos, la pareja se resiente y mucho. Cuando el cansancio y las dificultades diarias hacen mella es difícil, al menos para mí, no pagarlo con la persona que tienes al lado. Además, es muy complicado sacar tiempo y energía para dedicarle a esa persona la atención que también se merece.

Recuerdo los primeros 3 meses con Pelón como si hubieran sido fugaces, no hacía mucho más que estar pegada a él y darle el pecho. Aun así era un bebé muy poco demandante y que dormía bien (y nunca lloraba)… por ello no quiero imaginar lo que debe ser tener un bebé más demandante, más llorón y menos dormilón. No sé cómo va a ser Pequeño J, pero tengo claro que de nuevo tendremos que pasar mucho tiempo el uno junto al otro. Y es algo maravilloso, que sólo se vive en esos primeros mesecitos cuando son tan pequeños y necesitan sólo a su mamá; pero a la vez es agotador.

Mi situación será la siguiente: un nuevo bebé que nace en pleno invierno, finales de diciembre o principios de enero (si cumple con las semanas correspondientes, que espero que sí); un “hermano mayor” de 17 meses que aún no comprende y que necesita a sus papis para todo, que no sé hasta qué punto será consciente y podrá sentir celos (eso da para otro post); dos perritas muy cariñosas y demandantes que necesitan salir y jugar, y que ensucian a diario; y una casa que no se va a limpiar sola, además de las típicas necesidades diarias (comprar comida, cocinar, lavar ropa, planchar). Me da pánico pensarlo.

Cuando nació Peloncete tuve mucha suerte, pues fue en verano y el papi había cogido su mes de vacaciones más el permiso de paternidad. Eso sumado a algunos cambios de turno que pudo hacer, supuso un total de 2 meses en casa. Es cierto que éramos primerizos y que todo era nuevo para nosotros, ni qué decir tiene que cualquier tontería era un mundo. Pero ahora la situación cambia, pues las vacaciones hasta verano no queremos que las coja (para poder hacer una escapada en condiciones) y sólo va a disfrutar del permiso de paternidad. A lo sumo lo tendré en casa 15 días, quizá alguno más si puede cambiar algún turno pero no es algo seguro. ¿Seré capaz, después de 15 días de dar a luz, de apañármelas yo sola con toda la plebe? Llevar a Pelón a la guarde y atenderlo, dedicarme a Pequeño J, llevar la casa (no al ritmo de siempre, pero al menos un mínimo) y poder sacar un poco de tiempo para mis perritas…

Supongo que sí, que a todo nos adaptamos y que me las apañaré y conseguiré manejar la situación. Pero sé que no va a ser coser y cantar, que me costará sudores y más de una lagrimilla. Que me veré sola, a pesar de tener una familia entregada y algunas amigas que sé que se ofrecerán a ayudarme, pero la soledad de la maternidad se lleva dentro. Ahora pienso que nuestra vida está muy estabilizada ya, que vivimos cómodamente y nos hemos adaptado 100% a lo que es tener un bebé y sus necesidades. Ahora que todo está en orden, que nos podemos dedicar tiempo como pareja, que nuestro niño es más independiente, y que las rutinas nos permiten mucha tranquilidad… ahora de nuevo vamos a volver al caos y la locura. Aunque sarna con gusto… 

Volver a ser mamá, con todo lo que implica. El parto, la lactancia, las noches en vela, el desajuste hormonal y la recuperación. Nada de ello me quita las ganas y la ilusión, y en cada movimiento de este nuevo miembro veo cada vez más cerca nuestra cita a ciegas. Aún no he preparado nada para su llegada, estoy esperando un poco a que se acerque más la fecha. Tener otro hermanito tan pequeño es lo que tiene, necesita mucho de nosotros aún. Supongo que más de una vez escribiré para desahogarme y buscar comprensión por aquí, pues en mi entorno no tengo a mamis aún (por más lata que doy a mis amigas para que se animen no hay manera jajaja). Gracias al blog me siento acompañada y comprendida, y siempre ayuda la opinión de otras mamis.

Así que en días como hoy en los que me pongo tonta y me entra el “canguelis” opto por no pensar y evadirme. Los problemas vendrán y habrá que enfrentarlos, y de poco sirve anticiparse a ellos y sufrir por adelantado. Es necesario tener una mentalidad positiva y decirnos a nosotros mismos que sí, que indudablemente sabremos hacerlo. Y que quizá no estemos preparados para lo que viene, pero seguro que lo superamos. Tengo a mi lado al mejor marido y padre que podría desear, juntos pocas cosas pueden salir mal. A cabezotas e insistentes no nos gana nadie, así que allá vamos. Preparados para lo que venga.

Cómo elegimos la silla de paseo

Hace casi un mes que hicimos el cambio de carrito a silla de paseo ligera, el nuestro era un Concord Neo (con el cual estamos muy satisfechos) cuya conducción y manejo eran muy cómodos; la única pega es su peso. Es un carro pesado y que ocupa espacio, y con la barrigota prominente estaba continuamente dependiendo de que me lo subieran y bajaran del coche. Peloncete iba muy cómodo en él, lleva usando la sillita desde que tiene 4 meses (quisimos mantener el capazo el mayor tiempo posible pero el niño se negaba a ir mirando el techo), así que se puede decir que está bien aprovechada.

Decidimos que ya había llegado el momento de comprar una silla más ligera, que yo pudiera manejar mejor y que ocupara menos espacio. Tuve algunas dudas porque, como Pequeño J nacerá dentro de 4 meses, no estaba segura si sería mejor comprar un carro gemelar. Finalmente nos decidimos por la silla ligera, ¡espero que después nos podamos apañar con los dos!

Antes de comprarla estuve informándome y seleccionando modelos para saber cuál se adaptaría mejor a nuestras necesidades, así que hoy quería contaros un poco en qué nos basamos y la elección definitiva que hicimos.

Para mí, los requisitos importantes a tener en cuenta eran:

  • Que tuviera manillar corrido para manejarla más fácilmente.
  • Que su peso no superara los 7 kg.
  • Que aguantara el máximo peso del niño (normalmente aguantan 15 kg, aunque las hay hasta 25 kg).
  • Que la capota cubriera lo máximo.
  • Que fuera muy confortable y se reclinara completamente.
  • Que el plegado fuera lo más compacto posible (hay que tener en cuenta que si el manillar es corrido el plegado va a ser tipo libro).
  • Que el precio no superara los 250€.

Tras mirar muchos modelos, finalmente seleccioné estos cinco:

  1. Emotion 3.0 de Babyhome: Era mi preferida porque reunía prácticamente todos los requisitos que necesitaba. Tiene manillar corrido, su peso es de 6 kg, soporta hasta 25 kg de peso (es la que he encontrado que más peso soporta), el respaldo es reclinable y el plegado es muy compacto. Cuando la vi físicamente en la tienda me gustó, aunque me decepcionó un poco (me la esperaba de más calidad al tacto). El precio superaba un poco mi límite pero estaba dispuesta a pagarlo, en Bebitus está por 289€.

  1. Easylife de Recaro: Esta era la favorita de mi marido. También con manillar corrido, con un peso muy ligero (sólo 5,7 kg), soporta 15kg, tiene un reclinado de 127º y su plegado es muy compacto (también es un punto a destacar). No la he visto en ninguna de las tiendas a las que fui así que no puedo deciros cuál fue mi impresión, su precio en Bebitus no superaba mi límite y eso es otro punto a favor; está por 209,95€.

  1. Qbit de Gb: El diseño de esta sillita me encanta, es de los que más me gustan. También con manillar corrido, con un peso de 6,9kg, soporta hasta los 17 kg, respaldo reclinable y reposapiés ajustable, una capota bastante grande (XXL) y un plegado también muy compacto. La vi en la tienda y me encantó, el precio también supera un poco mi límite ascendiendo en Bebitus a los 279,95€.

  1. Zippy Light de Inglesina: Es otro modelo que me gusta mucho tanto físicamente como por sus calidades. Manillar corrido, pesa 6,9 kg, creo que soporta hasta los 15 kg, respaldo completamente reclinable, capota grande y extensible, y se pliega con una sola mano (punto fuerte a su favor). Lo peor, para mí, el precio pues en Bebitus la tenemos por 299€ (era la que más sobrepasaba mi límite). La vi también en la tienda y me encantó, tanto el diseño como su calidad. 

  1. Light de Be Cool: Esta en concreto era la que menos me gustaba, pero como también se adaptaba a mis necesidades y era más económica quise darle una oportunidad. Manillar corrido, peso de 6,3kg, soporta los 15 kg, respaldo reclinable, capota con visera protectora y con un plegado también bastante compacto. No me gustó al verla porque me dio sensación de baja calidad, y el reposapiés es fijo. Su precio es muy económico, en la web de Be Cool la podéis encontrar por 159€ (en Bebitus no está).

Pues, a pesar de ir con mi lista especificada, terminé comprando una que no se encontraba en ella y que había descartado desde un principio por no tener manillar corrido. Nuestra elección fue la Mini Buggy de Easywalker, como ya sabréis los que me sigáis por instagram. Fue un flechazo, pues al entrar en la tienda me topé con ella y llamó mi atención. Al cogerla para comprobar su manejo (por el tema del manillar yo estaba muy cegada), me di cuenta de que era súper cómodo y que se podía llevar también con una sola mano. Lo que más me gustó fue lo cómoda y acolchada que parecía, más que ninguna de las de mi lista (exceptuando la Easylife de Recaro que es la única que no he visto personalmente). La capota es XXL y protege completamente del sol, cosa que también me ganó. Su respaldo es completamente reclinable, tiene un plegado muy sencillo con un peso de silla súper ligero (6,5kg) y es apta hasta los 20 kg de peso. El diseño me pareció precioso y de un color muy adecuado de cara a posibles manchas (que ya sabemos cómo lo ponen todo). Ya no quise ver más, una vez que algo me gusta lo tengo muy claro. Y lo mejor aún estaba por llegar, pues tenía un descuento en el precio y salía por tan sólo 189,95€ (su precio original es 259,99€). Así que de allí salimos ya con la sillita lista para comenzar a usarla.

Después de haber pasado casi un mes, sigo encantada con mi elección. Nosotros paseamos mucho, a diario, y la verdad es que le damos bastante trote. Vamos con las perras, cada una en un manillar (al final ha sido más práctico que el manillar corrido jejeje) y su conducción es comodísima. Por no hablar de lo poco que ocupa en el coche y lo fácil que es cerrarla y guardarla, pues no pesa nada (al menos en comparación con mi carro anterior). Así que si tenéis esta sillita entre vuestras favoritas y estáis dudando, espero que mi opinión os ayude un poco y os resuelva vuestras dudas. Yo volvería a comprármela, ha sido una estupenda elección.

Que paséis un estupendo fin de semana, nosotros tenemos la boda de unos amigos muy especiales y vamos a disfrutarlo muchísimo. ¡Un beso a todos!