Un antes y un después

Que la maternidad nos cambia no es algo que yo voy a revelar, creo que todas las que lo hemos vivido hemos podido experimentar algún cambio en mayor o menor medida. Lo que sí creo es que, dependiendo del ritmo de vida que llevaras o las costumbres que tuvieras, probablemente lo hayas notado más o no tanto.

En mi caso lo ha sido, he sufrido un gran cambio a nivel personal en todos los aspectos de mi vida. Al echar la vista atrás y recordar mi vida antes de Peloncete, veo un antes y un después muy claros. Y ya no tanto durante el embarazo, más bien a raíz de su nacimiento. A mí me habrían hecho falta mucho más de 9 meses para hacerme a la idea de lo que iba a vivir, me costó sentir ese instinto ya estando embarazada y parecía que no era consciente de lo que iba a ocurrir al final de todo. Cuando ocurrió, es decir, cuando nació mi hijo, vino todo de golpe encima. Todo ese amor que no había sentido, toda esa necesidad de sobreprotección, la vulnerabilidad y la mezcla de sentimientos. La gran responsabilidad, los miedos, el cansancio que nunca había experimentado, y los sacrificios. Todo llegó a la vez, y para quedarse.

Me sorprendí a mí misma, en aquellas veladas nocturnas de los primeros meses cuando apenas dormía entre toma y toma, viendo cómo me levantaba gustosamente y no me pesaba jamás en el ánimo ni el humor. Recuerdo con total claridad ver mensajes y audios de whatsapp, a las tantas de la mañana, de amigas de fiesta. Ahí me daba cuenta, de la diferencia tan abismal entre sus vidas y la mía. Miraba a la persona que tenía entre mis brazos, que dependía exclusivamente de mí, y se me dibujaba una sonrisa. Sabía que no necesitaba más, nadie más podía entenderme, no hasta que algún día lo vivieran. La felicidad era esto, lo otro ni siquiera se le acercaba.

Mi vida antes de mi hijo, hoy por hoy, la recuerdo poco y no sé siquiera si claramente. Suena dramático, como si no hubiera sido feliz. Para nada, no es esa la imagen que pretendo dar. Mi vida supongo que era como la de cualquier joven: trabajo por las mañanas, por la tarde tenía clases, y los fines de semana planes en pareja o con amigos. Me gustaba mucho salir, no soportaba pasar en casa más de 24h seguidas. Me encantaba ir de fiesta, demasiado diría yo, y tomar cafés con las amigas. Cuando Marido tenía el fin de semana libre (con su profesión muchos le toca pringar) estaba deseando hacer algún plan romántico, tipo cena y cine (muy típico, pero para mí mis preferidos). Algunos fines de semana también los pasaba limpiando en casa, y eso lo odiaba, pero las tareas del hogar había también que cumplirlas. Por otro lado, cuidaba mucho mi vida familiar e intentaba pasar todo el tiempo posible con mis padres. Irnos de almuerzo, ir a casa a echar el rato, pasar las tardes de compras con mi madre. Era fácil hacer planes sobre la marcha, sin tener hijos vas como desnuda por la vida.

Durante el embarazo algunas cosas fueron cambiando, lo primero que eliminé obviamente fueron las fiestas. Ni las ganas me acompañaban, ni la situación. Adiós al alcohol, al tabaco, al café y a los vicios en general. Se me hizo difícil, no voy a negarlo. Mis amigas seguían con ese tipo de vida, y yo no estaba a la altura.

Ahora lo veo todo muy diferente, veo en ese pasado mucha inmadurez. Por mi parte por supuesto, y también por este tipo de vida en general. De todas las cosas que han cambiado en este tiempo, es lo único que no echo de menos y que he descubierto que no me aportaba absolutamente nada. Recuerdo repetir una y mil veces “en cuanto lo tenga y me recupere lo primero que voy a hacer es pegarme una buena fiesta, que me lo he ganado”. Hoy, 13 meses después, aún no lo he hecho (no de la manera a la que yo me refería al decir eso). Me avergüenza hasta un poco exponerme así y dejar entrever la falta de conciencia que tenía, pero realmente es lo que sentía en ese momento. A día de hoy, no lo he hecho por una sencilla razón: no lo he necesitado. Nunca he visto el momento adecuado para irme de fiesta y dejar a mi hijo, era muy pequeño y necesitaba mucho de mí. Me necesitaba para dormir por las noches, tomaba el pecho cada vez que quería, ¿acaso iba a privarle de eso por ir a echar unos bailes a una discoteca y tomarme varios cubatas? Después fue creciendo y, simplemente, no me ha apetecido. El ratito nocturno es clave para nosotros, especialmente a nivel de pareja, y me cuesta mucho sacrificarlo por otras cosas. Nuestros días son a contrarreloj, cuando llega la noche no tenemos ni cuerpo ni ganas para otra cosa que no sea estar acurrucados en el sofá…

Hemos sacrificado en gran parte nuestra vida social, soy consciente, pero es lo que toca. No conocemos a nadie con hijos, en ese aspecto estamos bastante solos. No sabemos hasta qué punto nos pueden comprender, o podemos resultar cansinos. La verdad, no es algo que me preocupe. Hay mucha más vida allá de las fiestas nocturnas, hay muchos más planes.

Sí hay cosas que echo un poco de menos, como irme de compras con mi madre desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche. Es algo que puedo hacer diréis, pero la realidad es que ya poco me compro para mí ¡ahora el protagonista es él! Y suele acompañarnos, así que no podemos entrar en más de dos tiendas sin que se aburra y haya que hacer cambio de planes. Ya no creo que vuelva a gastarme casi el sueldo del mes en ropa y caprichos para mí… pero, ¿y lo que satisface comprarles cositas a ellos y que vayan bien guapos?

Si antes ya era familiar y me gustaba compartir tiempo con los míos, ahora se ha triplicado. Muchas veces no por las ganas que tengan de verte a ti, sino porque te exigen ver al pequeño. Un hijo une muchísimo, especialmente esos lazos con tus padres (de padres a padres) ahora que entiendes tantas cosas y sientes lo mismo que ellos. La vida se vuelve muy entrañable viendo a tus padres ejercer de abuelos y a tus hermanos de titos (aunque también conlleve algún que otro sofocón), valoras lo realmente bueno de la vida. Aprendes a apreciarla.

Sigo saliendo a tomar cafés, eso aún me lo puedo permitir. No de aquellos que se reliaban (como decimos por aquí) y acababan de dudosas maneras. Cafés más cortos y efectivos, muchos en modo desahogo en los que le pones la cabeza a tu amiga como un bombo (tú siendo la primeriza pesada y ella con sus otros problemas), con la hora más limitada pero que se disfrutan muchísimo. Los coges con ganas, pues ya no te los puedes permitir tan a menudo, y los aprovechas bien.

Algún día de cine y almuerzo (que no cena) en pareja ha caído, creo que en estos meses no los puedo llegar a contar con los dedos de una mano pero ahí están. La verdad es que nos gusta pasar tiempo con nuestro hijo, salir con él y hacer actividades que se adapten a sus necesidades. Y sé que es importante dedicar tiempo a la pareja y cuidarla, y lo hacemos. Pero también queremos disfrutar de nuestro tiempo en familia, y en ese pack nuestro pequeño es indispensable. Quizá cuando seamos cuatro ya me lo piense mejor y me escape alguna vez más a ver una película como excusa jejeje! Pero por ahora no nos gusta demasiado dejar a Peloncete fuera de nuestros planes, a no ser que sea muy muy necesario.

Pues sí, el giro ha sido de 180º. Sin anestesia, de un día para otro. Lo notas más cuando tu círculo no te acompaña y no está en tu onda (o tú no estás ya en la onda de ellos). Están los que se adaptan y te comprenden y los que no y se quedan fuera. Y no pasa nada, la vida sigue y avanza. Es respetable lo que cada cual prefiera hacer con la suya. Siempre pienso que algún día lo entenderán, hasta que estás pringado no tienes ni idea (y los que hablamos más de la cuenta somos los peores… “yo nunca haré”, ay amigo!). Esto sólo se vive una vez, los hijos crecen a un ritmo de vértigo, y nosotros no queremos perdernos ni un segundo de su vida. Queremos estar con él para todo, y saborearlo al máximo. Los que un día fuimos lo disfrutamos, pero en el pasado se queda. Los que somos hoy es una versión mejorada y más completa, y somos afortunados por poder vivirlo. No lo cambiaría por nada de este mundo, el después ha superado al antes con creces…

 

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2 thoughts on “Un antes y un después

  1. Ay ay ay. Me estoy leyendo a mi misma. Mi instinto sigue a cero. Espero que despierte. Yo también anhelo salir de fiesta con mis amigos otra vez. Poder tomarme las cervezas que me apetezca sin la preocupación de cómo pueda acabar la noche. Y me da miedo no saber asimilar mi nueva vida, agobiarme al ver que el cambio es brutal, y descubrir, que de verdad, no me hace feliz tanta obligación. Veo que en tu caso la transición fue sencilla así que cruzo dedos para que me pase lo mismo! Un besazo

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    1. No te preocupes, cada persona necesita su tiempo y tiene su ritmo. Estoy segura de que todo irá fluyendo y cuando tengas al pequeño te nacerá el instinto y más. Mi problema no fue la gran responsabilidad y el cambio de vida, fue que me sentí muy sola en el proceso y he perdido muchos de los que creía que eran amigos (y yo era una persona muy social). En ningún momento me pesó mi hijo, al contrario, eso me hacía súper feliz; pero he tenido que acostumbrarme a una nueva vida pues no me acompañaron los demás. Espero que en tu caso eso no ocurra, y confío en que todo lo relacionado con la maternidad vendrá sólo y lo llevarás mejor de lo que crees (aún con los momentos duros que todos tenemos que pasar). Un abrazo guapa, y vaya chapa te he soltado 😝

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