No me puedo quejar

No me gusta lamentarme ni andar quejando, no es beneficioso y resulta una total pérdida de tiempo. Hace tres días habría escrito esto desde una visión muy tremendista, pero la verdad es que hoy no me siento así y tampoco veo necesario darle ese aire tan dramático.

Este mes está siendo un poco difícil, pero sólo un poco. El inicio de la guarde ha supuesto un estrés psicológico para mí que no esperaba, y si bien es cierto que el peque está adaptado y que la experiencia está siendo muy fácil y llevadera, también está la otra parte que los padres desempeñamos y no podemos evitar. La preocupación continua por saber si estará bien, si comerá bien, si se sentirá solo, si jugará con otros niños… las primeras semanas de adaptación y berrinches. El estrés diario que supone dejarlo a las 9 allí y preparar todo lo que necesita. La cantidad de ropa que está ensuciando cada día, pues al recogerlo parece que viene de la guerra, y que hay que lavar y se acumula. El querer compensarle el resto de horas diarias y no separarme de él, pues en el fondo hay un poco de culpabilidad por dejarlo en un lugar que no es su casa. A todo esto le sumamos que desde que empezó se instalaron en casa los virus y, a día de hoy (un mes después), aún no nos hemos recuperado. Noches sin dormir por culpa de los mocos que no le dejaban respirar, otras por culpa de la tos que lo despertaba, otras por la preocupación de la fiebre, otras porque nosotros mismos estábamos vomitando y con diarreas. ¡Ay! Ya estaba mentalizada, y pensaba que estas cosas iban a pasar… pero aun así hasta que no lo vives no lo sabes.

Pero el colmo de los colmos, lo que nos ha complicado doblemente la tarea y me ha tenido al borde de la desesperación mental es que actualmente estamos de obras en casa. Necesitábamos arreglar un mueble que se inundaba cuando llovía (en el que se encontraba la lavadora, lo cual era un riesgo continuo y había que solucionar urgentemente), así que ya puestos hemos decidido hacer algunos cambios más y aprovechar el tirón de la obra. Está siendo más lento de lo que preveíamos, porque como siempre surgen complicaciones. Llegar a casa después de recoger al peque a las 2 de la tarde, normalmente con el niño dormido, encontrarte la casa patas arriba y llenita de suciedad por donde quiera que pises. Intentar refugiarte con el niño en la habitación y esperar a que los trabajadores acaben la jornada para irse, que el niño se despierte por los ruidos y ya tengamos la tarde hecha porque no se volverá a dormir (y para aguantarlo hasta la noche así hay que tener mucha energía). No almorzar hasta las 4 de la tarde, llevando con hambre desde la 1. Limpiar la casa rápidamente para estar un poco cómodos, aunque te haces la ciega para no ver y no pensar. Estar agotada y no poder dormir siesta, porque has almorzado muy tarde y el niño ya quiere juegos… Han sido días agotadores, tanto que alcancé mi límite.

Por suerte, tengo la tremenda fortuna de tener un marido que vale millones y una familia que siempre está dispuesta a ayudar. Decidimos cambiar la estrategia, aprovechando que Marido está de vacaciones y puede dedicarse 100% a la casa, porque mentalmente yo no podía más. Quizá penséis que exagero, pero hasta empecé a creer que tanto estrés iba a provocarme un parto prematuro. Tenía molestias continuas en el bajo vientre, estaba agotada todo el día, y demasiado sensible. Había que remediarlo. 

La solución ha sido no volver a casa, recoger al peque de la guarde e irme a refugiarme a casa de mis padres hasta la noche. En casa de mis padres no tengo que mover un dedo, los abuelos están locos por jugar con el pequeño y se pasan la tarde entreteniéndolo. Podemos dormir siesta sin ruidos que lo despierten, y continuar con su rutina que tan necesaria es para su estabilidad. Cuando vuelvo a mi casa me encuentro todo limpio, no hay trabajadores, no hay ruidos. Está la cena hecha, están las velas puestas, y se respira paz. Por eso digo que mi chico vale millones, porque hace malabares para que cuando lleguemos nos lo encontremos todo así y encima no le falta la sonrisa.

Entonces… ¿cómo me voy a quejar? No puedo hacer un post de desahogo ni tremendista, pues la realidad es que soy una gran afortunada que puedo disfrutar de todo esto. He pasado del límite mental a encontrarme en un estado de paz absoluto, lo que no sé es por qué no se me ocurrió antes. A veces nos complicamos la vida sin necesidad, teniendo mil recursos a mano.

Y lo mejor es que hoy es viernes, y el fin de semana no se trabaja. Tendremos nuestra casa para nosotros solos, limpia y tranquila. Disfrutaremos de este maravilloso tiempo en familia, pasearemos o iremos al parque. El lunes ya volverá con sus obligaciones, pero por ahora es viernes. Así que disfrutadlo.

Un fuerte abrazo y gracias por leerme.

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7 thoughts on “No me puedo quejar

  1. Pues sí que tienes suerte. Hay que verlo todo desde el lado positivo. Ahora mismo te escribo refugiada en mi salón, porque un obrero está dando mazazos en el baño… A menos de 1 mes de que alien venga, nos ponemos con estas cosas. Y si bien antes no era una situación que me estresase… Ahora sí, y mucho! Estoy planteandome que es el único baño de casa… Y empiezo a tener pis. A ver qué hago yo ahora!

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    1. Es imprescindible tener una visión postiva y no dejarse llevar por la negatividad! Aunque te mueras por hacer pis y no puedas jajaja! Mejor hacerlo ahora que con alien en casa, o no? Odio las obras, las odiooooo! espero que hayas podido desahogarte jeje, ánimo!!

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