Pasaba por aquí 

Hace tanto que no paso por aquí que hasta se me hace extraño, no sé si alguien leerá esto o si realmente lo escribo más para mí. Para cerrar una etapa que empecé en un momento de mi vida en el que lo necesitaba, pero que ya no. Y nunca me ha gustado dejar las cosas a medias y sin terminar, por eso tenía que hacerlo. 
Me encuentro aquí, en mi cama, justo en medio de mis dos hombrecillos. Hoy no está nuestro papi para acompañarnos porque trabaja de noche, así que la cama es toda nuestra. O más bien, toda suya porque aunque ni los dos juntos llegan a ocupar lo mismo que yo terminan apoderándose de todo el espacio y dejándome arrinconada y en posturas imposibles. Pero sólo con dormir escuchando su respiración ya me compensa, pocas cosas más reconfortantes encuentro hoy por hoy. 
Nuestro segundo hijo, Pequeño J, cumplirá 4 meses dentro de 4 días. Vino al mundo en la semana 40+4 de forma espontánea, rápida y salvaje. Tengo la sensación de que el parto me dominó a mí y no al contrario, y me recuerdo más animal que nunca. Pude sentir y sufrir cada paso hasta que mi cuerpo estuvo preparado para que saliera, y conocí aquella famosa sensación que llaman “arco de fuego”. Después de experimentarla, no veo otra denominación más acorde. No hubo desgarros ni episiotomía, mi gran bebé llegó a este mundo sin causar grandes estragos en mí. Y eso que dicen que los niños grandes deben nacer por cesárea… sus 4,040kg y 52cm demuestran que no siempre es necesario. 
Una lactancia exitosa pero muy dura, que comenzó con unas grietas horribles (junto con el dolor del parto, de las peores cosas que he sufrido nunca) y una subida de la leche que no llegó hasta el quinto día. Cinco días infernales en los que apenas pasaban 15 minutos entre tomas, aguantando con el poco calostro que había a un niño que por su peso al nacer corría el riesgo de sufrir hipoglucemia. Pero muy gratificante al ver que aún así los niveles se mantuvieron normales y no fue necesario introducir “la ayuda”. Hoy día seguimos con lactancia materna exclusiva y, aunque en muchas ocasiones me apetece abandonar y liberarme un poco, me siento muy plena al ver lo sanote y grande que está alimentándose exclusivamente de mí. 
No podría tener un mejor hermano mayor, Pequeño J ha sido muy afortunado al dar con nuestro Peloncete. Mi niño me ha demostrado su nobleza y lo cariñoso que puede llegar a ser, teniendo solo ojos para su hermano pequeño y estando siempre ahí para besarle o acariciarle. Ya me lo imagino dentro de unos años en su papel de hermano mayor, cuidándolo y protegiéndolo; dándole los mejores consejos y arropándolo. Ahora sé que hemos hecho lo mejor, que aunque sea duro siempre se tendrán el uno al otro. Y yo me encargaré de que así sea.
Como madre, he llorado bastante y me he sentido muy culpable al ver que no podía atender a mi hijo por estar dándole el pecho al pequeño. Que el mayor quería que yo lo acostara, lo bañara o le diera la comida y no podía ser. Que no podía acompañarlo al parque porque hacía demasiado frío para sacar al hermano, o que no podía ir a ponerle la vacuna por no exponer al pequeño a los virus que rondan por allí. Ha sido lo peor y lo más duro, pero se acostumbran y tú también, y se supera. 
Vivimos cada día momentos de locura, de necesitar respirar hondo y contar hasta 10. Pero también vivimos momentos de verdadero amor, de abrazos eternos y besos por todos nuestros rincones. De risas nuevas que inundan nuestra casa. De esa voz que nos llama “mamá” y “papá” y nos derrite, o de la otra voz aún más pequeña que empieza a soltar carcajadas y contagia a toda la familia. 
Es tan bonito, y tan duro a la vez. Cuando me siento superada me digo a mi misma que esto va a pasar, y que en algún momento lo echaré de menos. Sé que así será. Por eso estoy intentando saborearlo, exprimirlo, disfrutarlo y vivirlo intensamente. Porque es lo mejor que nos va a pasar nunca, de eso no me cabe duda.
Y por esa misma razón ya no puedo pasar por aquí, porque el poco tiempo que me dejan a veces lo empleo en leer o escuchar alguna canción. Y digo a veces, porque la mayoría suelo dedicarlo a dormir que es lo que más necesito. No sabía que se podía acabar tan rendida cada día sin hacer nada, más que cuidar a los niños y sobrevivir. 
Quizá retome o quizá cierre aquí para siempre, haré lo que me pida el cuerpo. Este rincón lo guardo como algo muy mío y con un cariño inmenso, pues aquí hay vivencias de una etapa de mi vida única que posiblemente olvidaría si no estuvieran escritas. Hoy me apetecía pasarme y dar señales, pero no puedo prometer una vuelta. Dejaremos la puerta abierta por lo que pueda pasar… 

Mientras me dedicaré a vivir, que es lo único que creo merece la pena. A saborear la vida, que a veces es preciosa. Y con mis tres acompañantes incondicionales, mejor imposible. 

Besos y hasta siempre. 

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El tiempo pasa y todo lo arrasa

Hoy estoy un tanto melancólica, con el embarazo ya sabemos que nos convertimos en un cúmulo de emociones que tan pronto nos hacen reír como llorar. Hay días en los que no puedo aguantar las lágrimas, ante cualquier cosa absurda que me ocurra o que piense. Otras veces estoy tan susceptible que no se me puede ni hablar. Y también tengo esos momentos de estar desbordante de cariño y volverme melosa…

Pero hoy me siento melancólica. He querido echar la vista atrás, recordar estos meses desde que nació mi pequeño. He vuelto a releer algunas de las entradas que publiqué, y me he sorprendido a mí misma al descubrir que muchas cosas no las recuerdo.

Si no lo hubiera escrito… habría perdido muchos recuerdos, y eso me apena sobremanera. Me alegro de tener éste, mi rincón “secreto” donde desahogarme y confesarme, y dejar constancia de lo que voy viviendo. Algún día será lo que me salve de olvidar, cosa que me aterroriza.

Porque no quiero olvidar nada de la vida de mi hijo, pero supongo que mi mente no va a ser capaz de almacenar cada detalle de todo su crecimiento. Sólo recordaré aquellas anécdotas graciosas o los momentos importantes, al igual que algunas cosas no tan buenas por desgracia.

No sé si recordaré que lleva unos días diciendo “hola” continuamente, y que es la primera palabra que le he oído decir con consciencia. Quizá me olvide de aquel día la semana pasada, cuando en el parque una niña le saludó y él contestó sonriendo también con su “hola”. Con esa vocecita tan dulce, y perfectamente pronunciado para nuestra sorpresa. A sus 14 meses.

Quiero recordar también que ha empezado a decirme que no con la cabeza, y que cuando no quiere hacer algo me lo expresa libremente. Menea la cabeza a los lados en señal de negativa, y me hace mucha gracia porque en realidad menea más los hombros y parece que esté bailando. A mí me derrite.

O esta misma mañana, cuando le he dado su cepillo de dientes y nos hemos cepillado los dientes los dos a la vez. Él riendo por la situación y ambos bailando porque sonaba una canción en la tele, esos bailes suyos que consisten en doblar las piernas dando pequeños saltitos. Son momentos únicos.

La vida… es tan simple y tan bonita. La desperdiciamos tanto algunas veces, nos empeñamos en complicárnosla y estropearla. No la valoramos, no valoramos que tenemos todo lo que necesitamos para ser felices. Levantarme y encontrarme con mis dos chicos (y mi tercero en la barrigota haciendo de las suyas), es lo único importante. Tener a mi familia siempre apoyándome y ayudándome, con salud, y verlos disfrutar de mi pequeño. Tener a mis buenas amigas, sacar un rato para un café y ponernos al día y desahogarnos. Disfrutar de un día de sol, dando un paseo con mis chicos y mis perritas. No hay más que pueda pedir, me sobran los motivos para sonreír.

Alrededor pasan cosas, no siempre son buenas. Pero no quiero dejar que esas cosas mengüen mi felicidad, tengo que disfrutarla ahora.

Hoy hace un año me encontraba en una situación no demasiado buena, y recuerdo esa época como una de las peores que he pasado (por no decir la peor). Peloncete cumplía 3 meses, y a mi padre lo operaban para extirparle el tumor que le habían diagnosticado apenas dos meses antes. Me recuerdo muy débil, psicológicamente hablando. Recuerdo que no me lo quisieron contar, que mi marido me iba diciendo algunas cosas para que me hiciera a la idea. Recuerdo a mi madre sufrirlo sola, porque yo acababa de ser madre y me encontraba en un momento delicado. Recuerdo a mi padre intentando hacerse el fuerte y ocultarme su miedo.

Fueron 10 días hasta que volvió a casa, 10 días muy duros en los que me encontraba totalmente dividida entre estar con mi pequeño (que demandaba pecho continuamente) y estar con mi padre. No pude ni quise dedicarme a nada más, estaba mentalmente agotada.

Aprendí mucho de esta época, después ocurrieron más cosas derivadas que también me han abierto los ojos y me han ayudado a hacer cambios necesarios. Actualmente esta experiencia sólo es un recuerdo, que quizá algún día también olvide. Mi padre se encuentra fenomenal, y nuestras vidas volvieron a su cauce. Nos queda el aprendizaje, y el mal recuerdo hasta puede convertirse en bueno si pensamos en todo el cariño que se desprendió en aquellos días y los posteriores. Todo se puede transformar.

Así que no podemos permitirnos no disfrutar de nuestros días por minucias, cuando ocurren las cosas malas de verdad ya no tenemos vuelta atrás. Ahora hay que vivir, reír y darnos todo el amor que podamos. La melancolía me ha llevado por momentos buenos y menos buenos, pero mi suerte es poder seguir aquí contando y dejando constancia de cada momento. Por si, en un futuro, las cosas importantes se me olvidan.

Feliz jueves y fin de semana.

Un abrazo.

Tu primer año

Hace un año pude abrazarte por primera vez, calmar tu llanto sobre mi pecho y empezar a descubrirte. Esa sensación única intentaré recordarla para siempre, pues no he vivido momento más especial hasta hoy.

Verte crecer y aprender está siendo maravilloso y muy gratificante, ver que estás tan sano y grandote, observar tus movimientos torpes intentando caminar solo, conocer tus expresiones y gestos ante las cosas. Mirarte mientras duermes es uno de mis mayores placeres, me transmites tanta paz y tanto amor… Tu sonrisa, con los 4 dientes arriba y 3 abajo, que me derrite y me inunda de felicidad. Tus manotas grandes, que me acarician cuando tienes sueño y me buscan la cara en la oscuridad.

Aún no hablas, es muy pronto, pero no lo necesitas para expresar lo que sientes y quieres. Verte gatear por el suelo y venir hacia mí, agarrarte a mis piernas y subir para echarme los brazos. En todas estas pequeñas cosas cotidianas se encuentra nuestra alegría, en cada pequeño avance o cada mirada que me das y que me llega al alma. El sentimiento más puro y profundo que jamás podré sentir, es ese que me tú me creas.

Hace un año que naciste, y contigo volví a nacer yo. Mi yo más básico y animal, ese que desconocía. Mi vida ha cambiado tanto desde entonces, pero ha cambiado tanto para bien… ¿Cómo podía vivir sin ti antes? ¿Cómo estaba de vacía y no era consciente?

A la vez me asalta la tristeza y melancolía, pues veo que ya hace tiempo que dejaste de ser mi bebé y que creces a pasos agigantados. Me habría gustado saborearte más, y no será porque no lo he intentado y no me conciencié de plasmar en mi memoria cada momento contigo. Pero el tiempo es hábil y sabe correr sin que nos demos cuenta, para un día descubrir que ya no cabes en el cambiador y que las toallas se te han quedado también pequeñas…

Ha sido el mejor año de mi vida, y no precisamente el más fácil. He experimentado miedos que nunca había sentido antes, y preocupaciones que tampoco imaginaba. Pero me has aportado tanto, tanto, tanto. Me has enseñado tanto también. Hemos amado y reído tanto gracias a ti, mi pequeño. Tú de poco te vas a dar cuenta, pero hoy intentaremos hacerte el día un poco más especial. Hoy te diremos algunas veces más de lo habitual lo mucho que te queremos y lo buenísimo y guapo que eres. Hoy te llevarás más besos extra. Hoy te miro y lo revivo todo, te recuerdo tan pequeño y frágil, echado encima de mí y dormido. Oliendo a vida, respirando. Hoy es el día más especial del año, hoy de nuevo nos inundarás de felicidad y nos darás lo mejor: tú.

La vida es mucho mejor ahora que te tenemos, no necesitamos más. A por el segundo año, y si es un poco más despacito mejor…

11 de julio

Era un día cualquiera de aquel verano de 2004, no imaginaba que lo iba a recordar cada año desde entonces.

Me arreglé aquella noche de viernes para salir con mi grupo de amigos de la adolescencia (rondábamos los 14, 15 y 16). Íbamos a unas fiestas del pueblo, a echar unos bailes y pasar un buen rato. 

Antes de salir una de mis mejores amigas me llamó al teléfono para contarme que me quería presentar a un chico, al cual yo no había visto en mi vida. Ella me daba datos diciéndome que sí, que seguro que lo conocía. “Tiene una sonrisa preciosa, te va a gustar”, y no se equivocaba. 

Fue una presentación fugaz, de la que me llevé muy buena impresión. Quedamos en que nos veríamos al día siguiente, junto con mis amigas y otros amigos de él, para dar un paseo y conocernos mejor. 

Dos días después, el 11 de julio de 2004, nos dimos nuestro primer beso sentados en un banco cercano a una fuente. Recuerdo el calor sofocante de las 7 de la tarde, ir vestida de rojo y escuchar de fondo sonar en el coche la canción “Carbón y ramas secas” de Manolo García. Desde entonces, nuestra canción. 

Han pasado doce años de aquel día. Quisimos celebrarlo con todos nuestros seres queridos un 11 de julio de 2014, diez años después. Teníamos claro que el día que nos casáramos sería un 11 de julio, nuestra fecha. No me imaginaba haciéndolo en otra.

Le propuse que se casara conmigo un domingo por la mañana en nuestra cocina, con la cara de dormida y despeinada. De pronto pensé que no quería esperar más, y me dio igual que el 11 de julio de ese año cayera en viernes. Y que sólo faltaran 3 meses para el día tampoco me asustó. 

Así, en 3 meses estaba todo organizado y preparado. Por la mañana firmamos en el ayuntamiento de nuestro pueblo, con nuestros padres de testigos. Nos despedimos y cada uno se fue a casa de sus padres, nos volvimos a ver esa tarde ante el altar.

Recuerdo su sonrisa nerviosa mientras caminaba del brazo de mi padre hacia él. También recuerdo darle dos besos al llegar sin saber muy bien qué hacer. Estaba más guapo que nunca, estaba radiante. Lo teníamos todo pensado al detalle, nuestra música, nuestros momentos. Lloré desde que me senté. Fue un día inolvidable.

Desde entonces y hasta hoy nada ha cambiado. Desde que nos conocimos hemos vivido los mejores momentos de nuestras vidas juntos, y por desgracia los peores también. Hemos crecido, aprendido, madurado, caído, reído, amado, llorado… y hemos sido muy felices.

Ahora tenemos lo mejor que hemos podido hacer jamás, nuestro hijo y el que está por llegar. Es nuestro amor tangible, transformado en realidad. Creemos en nuestra familia y luchamos por ella cada día, en todos estos años se puede decir que es lo mejor que hemos hecho.

Pasarán muchas etapas, como tantas hemos vivido. Cada una con sus momentos buenos y los no tan buenos. Estamos preparados para seguir de la mano en nuestro camino, aquel que hace 12 años empezamos a construir juntos sin ser conscientes. Ese que recorremos cada día. 

Gracias por seguir agarrándome fuerte y no soltarme. No conozco a mejor compañero de viaje, qué gran suerte que me eligieras. 

 

 

 

¿Dónde está mi bebé?

Ha llegado el momento, parece que está en esa edad. Creíamos que no gatearía, no lo veíamos muy por la labor cuando lo dejábamos sentadito en el suelo. Parecía que no se arrancaba del todo, empezaba a balancearse de atrás hacia adelante pero ahí quedaba la cosa. Lo que más le gustaba era ponerse de pie en el parque (él solito) y andar agarradito al filo por toda la superficie. Por eso pensé que directamente andaría, hasta que fuimos a la playa.

En la playa como siempre lo sentamos, y se colocó a 4 patas. No sé si la arena le dio la confianza que le faltaba que atinó a desplazarse un poco. Creo que ahí perdió el miedo, porque en casa lo volvió a intentar y desde entonces empezó a gatear (casi con 10 meses). Es para verlo, porque no gatea de forma común: una piernecita la deja pegada al culo y la otra es la que hace todo el trabajo. La verdad es que nos hace mucha gracia verlo desplazarse así por el suelo, y ¡hasta coge velocidad! Eso sí, el pie que deja pegado al culito acaba negro de arrastrarlo (al igual que las manos, rodillas, etc).

Ya tiene varios cardenales en las espinillas, y temo que en algún momento pierda los pocos dientes que tiene (2 abajo, 4 arriba). Mi bebé se ha convertido en un terremoto. Sólo quiere suelo, suelo y más suelo. Le encanta ir detrás de las perras y perseguirlas, mientras lo hace se va riendo solo. Ellas esperan a que las alcance para salir a correr, y así juegan. Una de ellas especialmente está encantada con este nuevo entretenimiento (no sé si piensa que él también es un perro) y aprovecha el tirón para darle bocaditos en los pies y chupetazos donde pille (cara, oreja, cabeza, brazos…). Al principio me daba cosilla e iba a lavarle la zona corriendo, pero ahora la verdad es que ya lo voy dejando y no lo aseo hasta que finaliza el juego (no tiene sentido porque vuelve a ensuciarse). Le va a servir para inmunizarse, ¿no?

Peloncete ya era nerviosillo antes de empezar a moverse por sí mismo, no le gustaba estar demasiado tiempo sentado a modo espectador y necesitaba interactuar mucho con su entorno. Pues ahora que puede ir él solito a donde desee, os podéis imaginar. ¡Nos tiene fritos! Completamente agotados, cuando llega la noche estamos tirados en el sofá sin energía ni para recoger los platos de la cena. Además, tanto el papi como yo tenemos la sensación de que los días vuelan. Desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos es un no parar con él, pasan los días que ni cuenta nos damos…

Está mucho más exigente también, ha aprendido a llamarnos (con sonidos varios, aunque muy a menudo dice mamá, pero sin saber lo que significa, le sale innato creo). Ya no quiere pasar apenas tiempo en su parque, teniendo toda la casa para explorar no tiene sentido estar ahí metido. Así que nos complica la tarea de dedicar tiempo a otras cosas, aunque sea simplemente vestirnos. Hay días que son más llevaderos que otros obviamente. Lo que no podemos es pasarnos todo el día en casa, eso está claro. Le comen las paredes, al menos una vez hay que salir a la calle y gastar energía. Y con el calor de estas fechas en Sevilla ya os podéis imaginar, hasta bien pasadas las 8 de la tarde no se puede salir a la calle. Pero siempre inventamos algo y acabamos saliendo antes.

Pues sí, va creciendo a un ritmo desorbitado y cuesta asimilar. En apenas mes y medio cumplirá su primer año, y yo sigo sin darme cuenta de cómo ha pasado este tiempo. Mi mente no termina de aceptarlo, han sido unos meses tan intensos que no nos ha dado lugar a pensar en todo lo que nos estaba pasando. Pero es verdad que lo miro y ya no veo a mi bebé, veo a un niño en miniatura con su carácter, personalidad y con un mundo por descubrir. Así que aunque me cueste mis energías y mi tiempo, ¿acaso hay algo mejor a lo que dedicarlo? Definitivamente no, ni existe nada que me haga más feliz.

Feliz fin de semana a todos, espero que descanséis un poco más que yo ;P

¡Un abrazo!