Pasaba por aquí 

Hace tanto que no paso por aquí que hasta se me hace extraño, no sé si alguien leerá esto o si realmente lo escribo más para mí. Para cerrar una etapa que empecé en un momento de mi vida en el que lo necesitaba, pero que ya no. Y nunca me ha gustado dejar las cosas a medias y sin terminar, por eso tenía que hacerlo. 
Me encuentro aquí, en mi cama, justo en medio de mis dos hombrecillos. Hoy no está nuestro papi para acompañarnos porque trabaja de noche, así que la cama es toda nuestra. O más bien, toda suya porque aunque ni los dos juntos llegan a ocupar lo mismo que yo terminan apoderándose de todo el espacio y dejándome arrinconada y en posturas imposibles. Pero sólo con dormir escuchando su respiración ya me compensa, pocas cosas más reconfortantes encuentro hoy por hoy. 
Nuestro segundo hijo, Pequeño J, cumplirá 4 meses dentro de 4 días. Vino al mundo en la semana 40+4 de forma espontánea, rápida y salvaje. Tengo la sensación de que el parto me dominó a mí y no al contrario, y me recuerdo más animal que nunca. Pude sentir y sufrir cada paso hasta que mi cuerpo estuvo preparado para que saliera, y conocí aquella famosa sensación que llaman “arco de fuego”. Después de experimentarla, no veo otra denominación más acorde. No hubo desgarros ni episiotomía, mi gran bebé llegó a este mundo sin causar grandes estragos en mí. Y eso que dicen que los niños grandes deben nacer por cesárea… sus 4,040kg y 52cm demuestran que no siempre es necesario. 
Una lactancia exitosa pero muy dura, que comenzó con unas grietas horribles (junto con el dolor del parto, de las peores cosas que he sufrido nunca) y una subida de la leche que no llegó hasta el quinto día. Cinco días infernales en los que apenas pasaban 15 minutos entre tomas, aguantando con el poco calostro que había a un niño que por su peso al nacer corría el riesgo de sufrir hipoglucemia. Pero muy gratificante al ver que aún así los niveles se mantuvieron normales y no fue necesario introducir “la ayuda”. Hoy día seguimos con lactancia materna exclusiva y, aunque en muchas ocasiones me apetece abandonar y liberarme un poco, me siento muy plena al ver lo sanote y grande que está alimentándose exclusivamente de mí. 
No podría tener un mejor hermano mayor, Pequeño J ha sido muy afortunado al dar con nuestro Peloncete. Mi niño me ha demostrado su nobleza y lo cariñoso que puede llegar a ser, teniendo solo ojos para su hermano pequeño y estando siempre ahí para besarle o acariciarle. Ya me lo imagino dentro de unos años en su papel de hermano mayor, cuidándolo y protegiéndolo; dándole los mejores consejos y arropándolo. Ahora sé que hemos hecho lo mejor, que aunque sea duro siempre se tendrán el uno al otro. Y yo me encargaré de que así sea.
Como madre, he llorado bastante y me he sentido muy culpable al ver que no podía atender a mi hijo por estar dándole el pecho al pequeño. Que el mayor quería que yo lo acostara, lo bañara o le diera la comida y no podía ser. Que no podía acompañarlo al parque porque hacía demasiado frío para sacar al hermano, o que no podía ir a ponerle la vacuna por no exponer al pequeño a los virus que rondan por allí. Ha sido lo peor y lo más duro, pero se acostumbran y tú también, y se supera. 
Vivimos cada día momentos de locura, de necesitar respirar hondo y contar hasta 10. Pero también vivimos momentos de verdadero amor, de abrazos eternos y besos por todos nuestros rincones. De risas nuevas que inundan nuestra casa. De esa voz que nos llama “mamá” y “papá” y nos derrite, o de la otra voz aún más pequeña que empieza a soltar carcajadas y contagia a toda la familia. 
Es tan bonito, y tan duro a la vez. Cuando me siento superada me digo a mi misma que esto va a pasar, y que en algún momento lo echaré de menos. Sé que así será. Por eso estoy intentando saborearlo, exprimirlo, disfrutarlo y vivirlo intensamente. Porque es lo mejor que nos va a pasar nunca, de eso no me cabe duda.
Y por esa misma razón ya no puedo pasar por aquí, porque el poco tiempo que me dejan a veces lo empleo en leer o escuchar alguna canción. Y digo a veces, porque la mayoría suelo dedicarlo a dormir que es lo que más necesito. No sabía que se podía acabar tan rendida cada día sin hacer nada, más que cuidar a los niños y sobrevivir. 
Quizá retome o quizá cierre aquí para siempre, haré lo que me pida el cuerpo. Este rincón lo guardo como algo muy mío y con un cariño inmenso, pues aquí hay vivencias de una etapa de mi vida única que posiblemente olvidaría si no estuvieran escritas. Hoy me apetecía pasarme y dar señales, pero no puedo prometer una vuelta. Dejaremos la puerta abierta por lo que pueda pasar… 

Mientras me dedicaré a vivir, que es lo único que creo merece la pena. A saborear la vida, que a veces es preciosa. Y con mis tres acompañantes incondicionales, mejor imposible. 

Besos y hasta siempre. 

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Últimas semanas

¡Muy  buenas a todos! Sí, lo sé, estoy completamente desaparecida por aquí y creedme que es algo que me pesa (y mucho). Cada día pienso “hoy voy a escribir post” pero la realidad es que es totalmente imposible, los días pasan volando y no me dan para hacer todo lo que me gustaría. Y cuando llega la noche… estoy tan rendida que sólo puedo descansar.

Hoy mi embarazo llega a término, ¡por fin las 37 semanas! Hubo un tiempo en el que estaba asustada y tenía constantemente la idea en la cabeza de que el bebé iba a nacer prematuro (estos miedos absurdos que nos rondan y sólo sirven para crearnos malestar). Pero ya puedo respirar tranquila, pues hoy por hoy si Pequeño J decide nacer se supone que no corre peligro.

Hace dos días tuve mi última visita a mi matrona, que me alentó bastante la ilusión de que el nuevo miembro nazca antes de tiempo. Me comentó que es un bebé grande (cosa que ya hemos escuchado durante todo el embarazo de los distintos profesionales), y que siendo el segundo parto lo normal es que nazca antes de las 40 semanas. Según ella, el ajetreo de estas fechas también influye y colabora en que todo se adelante… yo la verdad es que no sé qué pensar. No quiero hacerme a la idea porque si no ocurre sé que las últimas semanas se me harán eternas, y ya estoy bastante cansada del embarazo en sí y con ganas de acabar esta etapa como para desesperarme más. Necesito tener aún “fuerza mental” para aguantar el último tramo con la mayor energía posible.

Mi realidad es que estoy agotada, me duele todo y me molesta todo. Me cuesta vestirme, y desvestirme más. La espalda está destrozada, me duele estando sentada, de pie y acostada. La circulación de las piernas va regular, y se me adormecen y me duelen si camino un rato. El niño se clava por todas partes, se mueve muchísimo (lo cual me gusta porque sé que está bien, pero es muy molesto) y siento presión en la zona baja continuamente. Algunas veces creo tener contracciones (sí, soy bastante despistada y aún no sé diferenciar una contracción de las flojas), especialmente por las noches al acostarme; pero nada que sea continuo ni me haga pensar que se acerca el momento.

Mi maleta para el hospital ya está preparada, si tengo la ocasión escribiré el típico post para que sepáis lo que me voy a llevar por si queréis orientación (nunca está de más). Aún me quedan por lavar y planchar algunas cosillas relacionadas con el carro y la minucuna (aunque practiquemos colecho, durante el día pretendo que duerma ahí). Eso me tiene un poco estresada porque no veo el momento de terminar y decir “ya está todo”, parece que cada día me sale algo nuevo y no consigo acabar nunca. Nos queda por comprar una bañera, pues la que teníamos se rompió (no salió muy buena, aun siendo de la marca Micuna). Y estoy esperando a que me llegue el fular elástico que he comprado para portear desde el nacimiento (me encanta!). Todo lo demás está preparado, y nosotros… pues conforme pasan los días me siento más nerviosa y menos preparada para lo que viene.

Ahora me está entrando un poco el miedo, porque ya lo veo tan cerca que es difícil no asustarse. Miedo por el parto, si será más duro que el anterior o si marchará como me gustaría. Miedo porque nazca completamente sano, que es lo que más me aterra. Miedo por dejar a Pelón esos días sin mí, que me extrañe y note que algo ocurre. Miedo por la vuelta a casa, por la aceptación de las perras al nuevo bebé, por la aceptación de su hermano, por la desestabilización. Miedo por no saber si seré capaz de llevarlo todo. En fin, miedo en general del nuevo paso que tenemos que dar todos y saber afrontarlo.

Sigo con anemia y ya me han dicho que la arrastraré hasta bastante después del parto, también me advirtió la matrona de que la recuperación va a ser dura por tener a dos tan seguidos (vivan los ánimos!). La prueba del estreptococo dio negativa, así que en principio no será necesario que me pongan antibiótico. Mi próxima (y espero que última) ecografía es el día 23 de diciembre, y allí mismo me darán la cita para los monitores. Ahora lo veo todo muy lejano, pero la realidad es que ya casi está aquí.

Así que esa son las novedades, y me despido hoy de vosotros sin saber cuándo volveré. Tengo varios posts pendientes, espero poder ir publicando pero soy realista y sé que es difícil (y ya si el bebé nace peor aún). No sé si cuando vuelva a escribir ya seré bimadre o si podré hacerlo antes. Intento estar al día con vuestros posts, pero también llevo bastante atrasado… por si acaso, os deseo a todos una buenísima Navidad en familia, llena de cariño y amor y mucha salud para disfrutar de los vuestros. Espero que empecéis el 2017 con buen pie, y que acabéis el 2016 mejor aún. Las nuestras ya están siendo más especiales que nunca, sólo nos falta la guinda del pastel.

Un beso enorme a todos, ¡volveré!

Ser mamá agota

Ha sido un fin de semana intenso, en cuanto a carga se refiere. Marido ha estado trabajando viernes y sábado, por lo que me he visto solita con Peloncete. No habría estado tan mal si el tiempo hubiera acompañado, pero la lluvia también quiso estar presente y fue el remate.

Me encuentro ya en un momento del embarazo bastante avanzado, son 31 semanas. Parece que no pero me pesa, y no me refiero sólo a la barriga, me pesa el embarazo en conjunto. Me cuesta agacharme, me suelen doler las piernas y la espalda está hecha polvo. El bebé se mueve mucho y se me clava, me da golpes bruscos que a veces hasta me hacen daño. Estoy psicológicamente sensible y no muy paciente, vamos que en general estoy bastante cansada.

Mi niño, por lo contrario, está en su época de más actividad y demanda. Nunca antes lo había visto tan exigente y demandante, especialmente conmigo. No sé si es la edad, que ya tiene más conocimiento; si ha sido provocado por el inicio de la guardería y todo lo que conlleva; si es debido a que ha estado muchas veces malito y ha recibido extra de mimos… o no sé si simplemente será una etapa que pasará. Pero lo cierto es que, mientras antes jugaba mucho sólo y me permitía mientras hacer otras cosas en casa (obviamente siempre supervisándolo), ahora en cambio me exige continuamente estar con él y participar en su juego, y de vez en cuando me echa los brazos para que lo coja un ratito y lo abrace. El hecho de agacharme a cogerlo y subirlo, no sé cuántas veces al día, me deja la espalda peor de lo que la tengo y me supone un esfuerzo considerable.

Así que desde el viernes hemos estado los dos solitos, en casa refugiados porque el tiempo no nos permitía salir. Además, seguía con las diarreas y el poco apetito (estamos desarrollando paciencia porque a la hora de comer lo rechazaba todo con tortazos, ahora compadezco a los padres que viven esto día a día porque los hijos no son de “buen comer”). Se aburría de estar en casa, yo me aburría también, se ponía de mal humor y no había quien lo entretuviese. Y yo con la paciencia agotada sólo hacía mirar el reloj y pensar en la hora de acostarnos. Con deciros que el sábado a las 21:20h ya estábamos los dos metidos en la cama, para él un horario habitual, para mí no tanto pero ahí me quedé rendida.

Cuando llegó el domingo y por fin el papi estuvo disponible, yo me sentía como un pájaro enjaulado con el agua al cuello. No podía más, literalmente. Y creo que el niño tampoco podía aguantarme más a mí, estábamos cansados el uno del otro y de no poder salir. Afortunadamente ayer hizo un día precioso de sol, por lo que el peque por fin pudo ir al parque a disfrutar (además con sesión doble, de mañana y tarde) y yo había hecho planes con unos buenos amigos para salir a comer. Me duché sola (lujo extra), me arreglé y me puse un poco guapa (cosa que sólo ocurre en contadas ocasiones), y salí de casa dispuesta a desconectar. Fue toda una liberación.

Al volver, ya de noche y más tarde de lo que pretendía, me sentía súper feliz y relajada. Estaba deseando ver a mis hombrecitos, y darle todos los besos que no les había dado en esas horas. Peloncete se alegró enormemente de verme también, me regaló sonrisas y me llenó de abrazos. Disfruté de su momento cena y de acostarlo y dormirlo, lo abracé junto a mí en la camita y le olí esa cabecita tan rica. Le di besitos por toda la carita y el cuello, y hemos dormido juntos y abrazados en una noche estupenda y sin percances. Toda una utopía días atrás, en los que las diarreas y los llantos inundaban nuestras noches.

Supongo que se entenderá que adoro a mi hijo por encima de todo, pero que a veces puede resultar agotador. Además de mami, también soy persona. Necesito salir y desconectar, y hacer vida a parte de la familia. Lo hago poco, porque mi prioridad es él y nunca quiero quitarle tiempo. Pero las pocas veces que me escapo, ¡sienta tan bien! Cuando vuelvo es como empezar de cero, con la batería completamente recargada hasta próximo aviso.

Creo que es imprescindible dedicarnos tiempo a nosotros mismos, ya sea saliendo con amigos o haciendo cualquier actividad en soledad que nos guste. Es complicado sacar este ratito, pero hay que buscarlo y respetarlo. Es necesario para seguir con la vida diaria con fuerzas y con energías, y también para no olvidarnos de que somos personas a parte de padres.

Yo, además, no dejo de pensar en que en un par de meses mi vida va a volver a cambiar radicalmente. Sé que los primeros meses de bimaternidad van a ser muy duros, y que el nuevo bebé necesitará mi dedicación exclusiva bastante tiempo. No podré escaparme a tomar un café sola, pues con la lactancia a demanda estas cosas no son viables… así que tengo que aprovechar el tiempo que me queda ahora, que después todo llegará, pero en su debido momento. 

Así que mi lunes empieza bastante bien, y más después de la buena noche que Peloncete nos ha querido regalar. Brilla el sol, y parece que ya noviembre se nota porque también hace frío (estaba deseando que llegara!). Afronto la nueva semana con energía y mucha positividad, espero que tú que me lees también te sientas así y tengas un fabuloso lunes. Yo me despido por hoy, pero prometo volver antes de acabar la semana.

Un abrazo y que tengas un precioso día.

No me puedo quejar

No me gusta lamentarme ni andar quejando, no es beneficioso y resulta una total pérdida de tiempo. Hace tres días habría escrito esto desde una visión muy tremendista, pero la verdad es que hoy no me siento así y tampoco veo necesario darle ese aire tan dramático.

Este mes está siendo un poco difícil, pero sólo un poco. El inicio de la guarde ha supuesto un estrés psicológico para mí que no esperaba, y si bien es cierto que el peque está adaptado y que la experiencia está siendo muy fácil y llevadera, también está la otra parte que los padres desempeñamos y no podemos evitar. La preocupación continua por saber si estará bien, si comerá bien, si se sentirá solo, si jugará con otros niños… las primeras semanas de adaptación y berrinches. El estrés diario que supone dejarlo a las 9 allí y preparar todo lo que necesita. La cantidad de ropa que está ensuciando cada día, pues al recogerlo parece que viene de la guerra, y que hay que lavar y se acumula. El querer compensarle el resto de horas diarias y no separarme de él, pues en el fondo hay un poco de culpabilidad por dejarlo en un lugar que no es su casa. A todo esto le sumamos que desde que empezó se instalaron en casa los virus y, a día de hoy (un mes después), aún no nos hemos recuperado. Noches sin dormir por culpa de los mocos que no le dejaban respirar, otras por culpa de la tos que lo despertaba, otras por la preocupación de la fiebre, otras porque nosotros mismos estábamos vomitando y con diarreas. ¡Ay! Ya estaba mentalizada, y pensaba que estas cosas iban a pasar… pero aun así hasta que no lo vives no lo sabes.

Pero el colmo de los colmos, lo que nos ha complicado doblemente la tarea y me ha tenido al borde de la desesperación mental es que actualmente estamos de obras en casa. Necesitábamos arreglar un mueble que se inundaba cuando llovía (en el que se encontraba la lavadora, lo cual era un riesgo continuo y había que solucionar urgentemente), así que ya puestos hemos decidido hacer algunos cambios más y aprovechar el tirón de la obra. Está siendo más lento de lo que preveíamos, porque como siempre surgen complicaciones. Llegar a casa después de recoger al peque a las 2 de la tarde, normalmente con el niño dormido, encontrarte la casa patas arriba y llenita de suciedad por donde quiera que pises. Intentar refugiarte con el niño en la habitación y esperar a que los trabajadores acaben la jornada para irse, que el niño se despierte por los ruidos y ya tengamos la tarde hecha porque no se volverá a dormir (y para aguantarlo hasta la noche así hay que tener mucha energía). No almorzar hasta las 4 de la tarde, llevando con hambre desde la 1. Limpiar la casa rápidamente para estar un poco cómodos, aunque te haces la ciega para no ver y no pensar. Estar agotada y no poder dormir siesta, porque has almorzado muy tarde y el niño ya quiere juegos… Han sido días agotadores, tanto que alcancé mi límite.

Por suerte, tengo la tremenda fortuna de tener un marido que vale millones y una familia que siempre está dispuesta a ayudar. Decidimos cambiar la estrategia, aprovechando que Marido está de vacaciones y puede dedicarse 100% a la casa, porque mentalmente yo no podía más. Quizá penséis que exagero, pero hasta empecé a creer que tanto estrés iba a provocarme un parto prematuro. Tenía molestias continuas en el bajo vientre, estaba agotada todo el día, y demasiado sensible. Había que remediarlo. 

La solución ha sido no volver a casa, recoger al peque de la guarde e irme a refugiarme a casa de mis padres hasta la noche. En casa de mis padres no tengo que mover un dedo, los abuelos están locos por jugar con el pequeño y se pasan la tarde entreteniéndolo. Podemos dormir siesta sin ruidos que lo despierten, y continuar con su rutina que tan necesaria es para su estabilidad. Cuando vuelvo a mi casa me encuentro todo limpio, no hay trabajadores, no hay ruidos. Está la cena hecha, están las velas puestas, y se respira paz. Por eso digo que mi chico vale millones, porque hace malabares para que cuando lleguemos nos lo encontremos todo así y encima no le falta la sonrisa.

Entonces… ¿cómo me voy a quejar? No puedo hacer un post de desahogo ni tremendista, pues la realidad es que soy una gran afortunada que puedo disfrutar de todo esto. He pasado del límite mental a encontrarme en un estado de paz absoluto, lo que no sé es por qué no se me ocurrió antes. A veces nos complicamos la vida sin necesidad, teniendo mil recursos a mano.

Y lo mejor es que hoy es viernes, y el fin de semana no se trabaja. Tendremos nuestra casa para nosotros solos, limpia y tranquila. Disfrutaremos de este maravilloso tiempo en familia, pasearemos o iremos al parque. El lunes ya volverá con sus obligaciones, pero por ahora es viernes. Así que disfrutadlo.

Un fuerte abrazo y gracias por leerme.

Primeras vacaciones siendo tres (y medio)

Hablar ahora de las vacaciones me resulta súper lejano, parece que ocurrió hace muchos meses y en realidad no ha pasado nada de tiempo. Ya tengo tan asimilado que se acabó el verano que mi propia mente me confunde…

Estábamos un poco nerviosos y expectantes ante el hecho de irnos de vacaciones por primera vez con Peloncete, pues no sabíamos cómo se nos iba a dar la experiencia. Nosotros siempre pensamos en positivo, pero aun así no puedes evitar tener una pequeña duda.

Nuestras vacas este año han consistido en 11 días de estancia en un hotel (los tres solitos) y, posteriormente, una semana en una casa alquilada con los abuelos maternos.

Ambas experiencias han sido muy positivas y no han hecho más que confirmar que tenemos un niño que se adapta a todo de maravilla y que está bien en cualquier parte.

Al hotel íbamos a ciegas, sin referencias y sin conocerlo. Fue un completo acierto, de hecho el año que viene ya hemos decidido repetir. Es un hotel orientado básicamente a niños y familias, por lo que si vas en pareja a pasar unos días de relax no te lo recomendaría. Nuestro peque aún es pequeño para disfrutar como otros niños, pero no por ello lo ha pasado peor. Durante el día había animadores en la piscina realizando actividades distintas, y por la noche realizaban espectáculos orientados al disfrute infantil (y después también había actuaciones para los mayores, pero los niños siempre estaban bailando por allí jeje). Tiene varias piscinas, entre ellas unas dedicadas exclusivamente a los niños que deben ser el paraíso infantil (desde mis recuerdos de niña, pienso en estar ahí y sé que habría alucinado). Os dejo una foto para que me entendáis:

pisicna 1

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Sólo habíamos contratado media pensión, así que los almuerzos los hacíamos allí en el buffet. En esos días Pelón ha avanzado muchísimo en cuanto a comer y probar cosas nuevas, teníamos tantos alimentos a mano que le dábamos a probar todo lo que nos parecía. Primero comía la verdura triturada (con carne o pescado, o verdura sola dependiendo del día) y después le dábamos otros alimentos. Lo sentábamos en la trona a nuestra altura y hacíamos un almuerzo común. En el buffet ofrecían también potitos de la marca Hero, pero nosotros llevábamos los nuestros caseros preparados. Había microondas por todas partes y muchas tronas disponibles, de nuevo todo adaptado para la mayor comodidad de los niños. La experiencia con el almuerzo ha sido muy buena, y gracias a ello en esos pocos días le hemos apreciado muchos avances.

La peor parte se la llevaba la cena, pues teníamos que salir todas las noches a cenar fuera y el pequeño no está acostumbrado. Tiene la rutina nocturna muy asimilada, y para él lo habitual es acostarse temprano y dormir después de cenar; así que le costaba entender que después de la cena nos íbamos a la calle, porque tenía sueño y quería dormirse. Con las distracciones de la calle dormirse en el carro es casi imposible, y a nosotros nos pone un poco nerviosos ver que está cansado y no consigue relajarse. Con los días lo fuimos controlando mejor, pero la verdad es que le sigue costando salir por las noches (él lo que quiere es estar en su casa dormido).

Y hablando de dormir, por las noches en el hotel continuó durmiendo en su cuna y sin problemas. Lo cual es sorprendente porque las ventanas de nuestra habitación daban al recinto donde se realizaban los espectáculos nocturnos, y ni con las ventanas cerradas se disimulaba el tremendo ruido (ese es el único punto negativo para el hotel, el próximo año pediremos habitación en otra zona). Eso sí, a las 12 paraba el espectáculo pero él ya estaba dormido antes. Algunas noches las hacía casi enteras en la cuna y otras se venía a nuestra cama antes, igual que ocurre en casa que a día de hoy aún no duerme toda la noche en la cuna solo.

Durante el día intentábamos respetar horarios y siestas, y nos ha ido realmente bien. La mañana la pasábamos en la playa (le encanta estar en la arena, es verla y empezar a quejarse para que lo deje en el suelo), después de comer nos íbamos a la habitación a dormir la siesta (los tres acabábamos rendidos de la mañana de playa) y al despertar nos bajábamos a la piscina. Tengo un recuerdo muy especial y entrañable de estas primeras vacaciones, y me dio muchísima pena que llegaran a su fin. Las hemos disfrutado al máximo, y para nuestro chiquitín han sido días inmejorables.

Dos semanas después nos fuimos a una casita con mis padres y mi hermano, también en zona de playa. Esta vez nos lo planteamos de forma distinta porque estar en una casa no es como un hotel, pero igualmente intentamos llevar las mismas rutinas que con la estancia anterior. No me voy a extender mucho por no repetirme más, sólo decir que de nuevo Pelón se comportó de maravilla y que ha disfrutado de la playa hasta cansarse. Aquí “la carga” la teníamos más repartida así que el papi y yo también pudimos disfrutar de algún momento de soledad como pareja jejeje.

Para la playa llevábamos preparado de todo, y al final lo único que hemos usado ha sido el carro y la sombrilla (nos llevábamos el carro para que echara la siesta mañanera ahí, me parece más cómo para él que la toalla). Hasta me atrevería a decir que los juguetes le sobraban, porque él prefería las conchas que se iba encontrando por el camino. Me ponía nerviosa pensar en todo lo que necesitaba preparar para ir a la playa con él, y después de dos días la situación estaba más que controlada e íbamos con lo justo (ni la piscina, ni el refugio solar para bebés, ni nada de extras). Definitivamente, menos es más 😉

Y como todo lo bueno se acaba, ya hemos vuelto a la rutina y estamos preparados para la nueva aventura: el comienzo de la guarde. Aunque siga haciendo buen tiempo y calor nosotros ya nos hemos despedido de la playita hasta el próximo año (que seremos cuatro!), ahora estamos intentando centrarnos de nuevo y preparándonos para dar comienzo a la nueva etapa.

Lo que está claro es que no hay color entre las vacaciones con niños y las vacaciones “libres”. Con el niño no paras a tomar el sol, ni leer, ni siquiera tomarte un refresco sentada en la toalla. Acabas el día exhausta de tanta actividad, pero compensa tantísimo verlos disfrutar de esa manera… nuestras caras siempre tenían dibujada una sonrisa, de verlo reír de felicidad o ver su carita de concentración examinando una simple concha. Han sido las mejores vacaciones de mi vida, descubrir de nuevo el mundo con sus ojitos… no tiene precio.

¿Y vuestras vacaciones con los peques? ¿Os lo han puesto fácil o se han resistido un poco más? Espero que hayáis podido disfrutar también, y si aún seguís por ahí no presumáis mucho que da un poquito de rabia ;P

¡Un abrazo y feliz lunes!